18/5/18

Más de 50 palestinos fueron abatidos a tiros y cerca de 2.000 resultaban heridos. “Un gran día para Israel” tuiteó Trump en medio de la masacre

"La idea habría partido de un periodista y activista palestino llamado Ahmed Abu Artima, 34 años, que sólo ha salido de Gaza en dos ocasiones para visitar a su madre en Egipto.

 ¿Qué pasaría -se preguntaba ingenuamente en un post de Facebook- si miles de los habitantes de la Franja, en su mayoría refugiados, y sus descendientes se acercaran desarmados a la verja que les separa de Israel e intentaran cruzarla en cumplimiento de la  resolución 194 de Naciones Unidas, aquella que establecía el libre acceso a Jerusalén, su desmilitarización y el derecho de los refugiados a regresar a sus hogares previos a la guerra árabe-israelí de 1948? Pues que serían acribillados a balazos.

Nacía así la llamada Gran Marcha del retorno, concebida como una protesta pacífica y hasta lúdica, con carpas levantadas junto a la frontera donde se bailaría el dabke, se disputarían partidos de fútbol y hasta se celebrarían bodas como manera de denunciar la crisis humanitaria que vive Gaza por el bloqueo que padece desde hace más de diez años y exigir el derecho a regresar del exilio de cinco millones de refugiados palestinos.

Apoyada por Hamás, que es siempre la excusa de Israel para transformar cualquier acción en un ataque terrorista camuflado, las movilizaciones semanales habían dejado desde marzo cerca de cien muertos hasta este lunes, en el que el Estado hebreo conmemoraba el 70 aniversario de su creación, los palestinos los 70 años de su catástrofe (nakba) y el emperador del tupé decidía saltarse la legalidad internacional y abrir en Jerusalén la nueva embajada de EEUU como tarta de cumpleaños. Mientras la bella Melania declaraba inaugurada la pantanosa legación, más de 50 palestinos fueron abatidos a tiros y cerca de 2.000 resultaban heridos. “Un gran día para Israel” tuiteó Trump en medio la masacre.

Denunciar este baño de sangre, estos crímenes sin sentido y esta desproporción irracional en el uso de la fuerza convierte a quien lo hace en un antisemita, según las normas de la propaganda de Israel. 

Antisemitas son quienes creen inmoral mantener un muro de 700 kilómetros que consagra el apartheid o los que piensan que Gaza es una cárcel en la que viven casi dos millones de personas en condiciones infrahumanas, con menos de cinco horas de electricidad al día y apenas agua potable por la contaminación de sus pozos. Gaza, tales son las previsiones de las agencias de Naciones Unidas presentes en la zona, será inhabitable a partir de 2020.

Los palestinos han cometido y siguen cometiendo múltiples errores y han sido víctimas de su propio cainismo pero siguen integrando la parte más débil de un conflicto eternizado que ha dejado de figurar en la primera página de la agenda internacional salvo cuando la sangre lo empapa todo. 

En los últimos años la estrategia de Israel se ha mantenido invariable: no negocia nada con quienes califica de terroristas o debilita a sus interlocutores para imponer su política de hechos consumados.

Consciente de que el Gran Israel es imposible y que ha de aceptar la presencia palestina, su plan pasa por jibarizarla y separar físicamente a la comunidad árabe de la judía porque, como confesaba en su día el exprimer ministro Ehud Olmert, “si llega el día en el que la solución de los dos Estados fracasa y afrontamos una lucha al estilo sudafricano por la igualdad del derecho al voto, el Estado de Israel estará acabado”. La única bomba eficaz de los palestinos es la demográfica.

Y eso es justamente la que activistas como Abu Artima pretenden detonar con sus movilizaciones. “No creo –explicaba en The Guardian– en la liberación (de la tierra de Israel). 

Creo en terminar con el apartheid y que vivamos todos en un estado democrático. Quiero vivir con israelíes”. Su protesta es mucho más peligrosa y demoledora que los cohetes caseros de Hamás. De ahí la brutalidad de una respuesta que hoy mismo puede volver a escribirse en una marcha prevista con ancianos, mujeres y niños en primera línea de fuego."             (Juan Carlos Escudier ,  Público, 15/05/18)

17/5/18

Lesbos: "Mi marido murió por el infierno que es un campo de refugiados"

"Una mujer afgana cubierta con un echarpe amarillo se acerca y da insistentes muestras de querer contar su historia. Tras buscar de nuevo al traductor de farsi, narra que su marido de 32 años, con el que llevaba cuatro casada, y tiene una hija de poco más de tres, ha muerto de una dolencia cardiaca “porque no nos escucharon en Moria, no nos atendieron, porque es un infierno”. Según Kobra Rezai, ella y Ali Mohammad Khosi con su hija Sanaz cruzaron el Egeo en dinghy el 26 de marzo de 2018.

“Tuvimos que huir de Irán porque él trabajaba sin papeles confeccionando ropa. Le arrestaron dos veces y ya trabajaba a escondida en el piso hasta que nos denunciaron los vecinos”. Como era el tercer arresto estuvo tres meses preso. “Y cuando al fin le dieron libertad provisional previa a deportarnos, pedimos prestado cuanto tenían a la familia. Vendieron todo y con 8.000 euros, pagaron el viaje Lesbos. “Íbamos a devolverlo trabajando en Europa".

El poco equipaje que traían incluía informes médicos de una cardiopatía de Ali Mohammad Khosi. “Su estado general no era malo al llegar, pero en Moria se fue agravando y avisamos”. La decisión fue alojarlos con otros dos pacientes del corazón, uno con marcapasos. Tres familias “en una tienda de campaña pequeña; padres que necesitaban descanso y niños ruidosos”. Al poco, metieron en la tienda a dos mujeres embarazadas. 

“Ya no cabíamos ni para “Ya no cabíamos ni para sentarnos. Mi marido y yo nos turnamos para dormir”.

Uno de sus vecinos de tienda “estaba enfermo de diarrea y todos nos contagiamos. Pero además como la comida era poca, comíamos lo mordido por las ratas”. Ali Khosi seguía empeorando, “y en el dispensario oficial y en las ONG todo era decirnos: Nada, nada, está ok. Le dieron alguna pastilla para el dolor, polvos de antibiótico en una botella con agua y que bebiera”, cuenta, “pero él ya no podía ni respirar, estaba azul, la cara, las uñas y yo: Bebe, mi amor. Y él: Lo intento y no sirve. Pedíamos ayuda y la Policía nos decía: Esto es lo que hay”.

Kobra Rezai, rompe a llorar. “Decían que exagerábamos, pero sus ojeras eran cada vez más negras y empezó a toser. ¿Por qué toses?, le dije. Es la única forma de poder respirar, me contestó”. Volvieron al dispensario médico mientras él pudo caminar. Luego ni eso. Hasta la noche del martes 17 de abril.

 “Yo le estaba cuidando, con la niña preguntando: ¿Qué le pasa a papá? y yo notándole más y más frío y pidiendo ayuda: Ayudadnos, por favor, y nada. Al fin, Khosi colapsó y se llamó a una ambulancia. “Él ya no veía, ni hablaba. El doctor de la ambulancia me dijo: Este infarto empezó hace tres días”, narra.

“Yo soy la viuda del hombre por quien 120 compatriotas acamparon en la aplaza Safo”, anuncia. “Igual que nadie se interesó por nosotros antes, nadie hasta ahora ha preguntado ¿qué ha sido de mí y de mi hija? ¿Dónde estamos?”.

Los afganos creyeron que él iba muerto, “pero estuvo horas en coma”, explica Kobra. “Al decirle yo: No te preocupes que al fin estamos en el hospital, te van a salvar, me apretaba la mano y se le caían lágrimas”. Pero le pidieron que saliera de la UVI. “Y cuando insistí en entrar me dijeron: Ha muerto. Nada más. Ni un consuelo, ni un abrazo”, vuelve a llorar.

Según cuenta, sólo una ONG le ofreció ayuda. La tarjeta que muestra es de Efi Latsoudi, la activista de Lesvos Solidarity y el campamento de vulnerables de PIKPA que, en 2016, adelantó 3.000 de la fianza de 15.000 de los tres bomberos españoles de ProemAid.

“El hospital me metió prisa para enterrarle, pero yo insistí en repatriarlo. Dijeron que sí un viernes y el lunes, tras el ataque fascista, ¡dijeron que había sido broma! Tuvo que venir mi hermano de Alemania, con más dinero prestado para pagar su regreso. ¡Al final tengo una deuda aún mayor!”.

Lo que más preocupa, no obstante, a esta mujer ahora “es el dolor de estos bultos en mi pecho. Tengo pavor de que sea cáncer, porque yo y mi dios somos lo que queda a mi hija Sanaz. ¡Siguen sin hacernos caso! ¿Qué va a ser de mí?”, se desespera y enseña las pastillas sin las cuales es incapaz de dormir. Kobra Rezai no espera que contar su historia resuelva su problema, acelerando, por ejemplo, una cita médica: “Pero necesitaba contarlo, han roto nuestras vidas. Merece conocerse, somos humanos” y, tras despedirse, vuelve por el camino de tierra a donde otra afgana con su propia hija cuida de Sanaz, juguetona y vivaz.

Saliendo de Kara Tepe es imposible no recordar las palabras del vicedirector de Moria, Dimitri Vafeas, sobre cómo un infarto en el campamento ha sido noticia internacional. Lo extraordinario, no es el ataque cardiaco de un hombre, sino las condiciones en que esto está pasando, hace tanto tiempo, a tantos, a diario, ante la indiferencia general de los 500 millones de humanos que formamos parte del continente supuestamente más civilizado."                       (María Iglesias, Público, 12/05/18)

16/5/18

“Los niños robados no desaparecimos en las incubadoras. No estamos muertos”

"Cecilia Rodelgo busca su identidad. Todo indica que podría ser una niña robada. Una de los miles de bebés robados en España en maternidades públicas y privadas entre los años 50 y 90. Rodelgo nació el 28 de septiembre de 1967 y fue ‘depositada’ en la Inclusa de La Paz de Madrid el 14 de octubre, registrada como Cecilia Jiménez Campón. 

Pero, tras conseguir diversa documentación, afirma: “Los papeles indican que podría ser robada, no abandonada. Pero no lo sé, mis primeros apellidos son inventados y mi fecha de nacimiento figura con varios números superpuestos, bajo el ocho hay un cuatro o un siete”. 

Denuncia que los archivos públicos y los de la Iglesia siguen cerrados para las víctimas del robo de bebés. Ha conseguido documentación, pero no toda. La solicitó a través del Instituto del Menor de la Comunidad de Madrid. “Todo está en el Archivo Regional, pero nos ocultan datos”, dice Cecilia. Ha comparado expedientes de personas que pasaron por la Inclusa de La Paz. “Según fuimos robados o abandonados, nos dan parte o toda la documentación”, dice. Pero en ninguno de los casos, aparecen las renuncias de las madres a sus hijos. 

En su caso, sus padres adoptivos no la engañaron. “A los cinco años me contaron una historia bonita y, a los doce, la verdad”. Sus padres adoptivos gozaban de una buena situación económica y firmes creencias religiosas. El matrimonio solicitó una niña en marzo de 1966 y aportó un escrito de recomendación de un párroco de Torrejón de Ardoz, Madrid. En poco más de un año, ya tenían a la niña en casa. 

Cecilia ha cumplido los cincuenta y lleva años hilando la información. Asegura que conoce la trama de los bebés robados de la Inclusa de la Paz de Madrid.

Primeros días en blanco

Cecilia se pregunta qué paso en los primeros 16 días de su vida. Los documentos no cuadran. Tras su nacimiento, el 28 septiembre fue llevada a la incubadora tres días y el 14 de octubre fue ‘depositada’ en la Inclusa, sin datos de la madre biolológica. ¿Qué ocurrió entre el 30 de septiembre y el 14 de octubre? Cuando le dieron su historial clínico, “algo que no se suele facilitar, entre esos papeles figura un análisis de sangre del 4 de octubre”. Cecilia sospecha que esos días, estuvo “desaparecida” para sus padres biológicos. 

Nació con siete meses y pesó 2 kilos y 260 gramos. Se pregunta por qué, si no hay datos de la madre, en su expediente hay varios informes que ratifican un “embarazo y parto normales”.
Además, tras entrevistarse con varios médicos, cree que la oxitocina que le encontraron en la sangre pudo ser administrada a la madre, provocando las enfermedades que tuvo al nacer: hepatitis, bronconeumonía... “Fui sietemesina; a mi madre le provocaron el parto y pasé por la incubadora. Esto les ha ocurrido a muchos afectados de la maternidad de O’Donnell “, explica Cecilia. 

Todo esto podría cuadrar ahora porque, tras recoger la última documentación, descubre que consta que nació “en maternidad”, que no fue depositada en la Inclusa sin más. Y con los años supo que “la adopción se preparó en la maternidad de O’Donnell”, según la información dada por su familia.

No hemos muerto por otitis”. Entre los casos de bebés robados ha sido una práctica habitual en las maternidades dormir a las madres y provocar el parto. Cuando despertaban, el bebé ya no estaba. Había sido llevado a la incubadora y se prohibía a la familia el acceso. Después, la noticia era que la criatura había muerto. Tampoco se podía ver el cuerpo. Si los padres insistían, había un niño congelado para mostrar en estos casos.

 El bebé recién nacido ya estaba en los brazos de otra persona. Cecilia insiste: “No estamos muertos, no hemos fallecido de otitis, no desaparecimos en las incubadoras. Estamos aquí. Toda nuestra información está en el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid”. 

Esta falta de acceso a los datos de los niños robados, o adoptados, impide que estos y su familia biológica se encuentren. Para el letrado Guillermo Peña, abogado de Inés Madrigal, otra niña sietemesina presuntamente robada por el doctor Eduardo Vela —que, con 80 años, irá a juicio próximamente por este caso—, lo que hay es “una gran corrupción, se movía mucho dinero”. Y aclara que “intentaban no dejar rastro de la madre, ni siquiera en los libros de entrada del hospital”. Vela es el único médico procesado en España por robo de bebés.

Trasiego de bebés

Como ya reveló el periódico Diagonal el 28 de marzo de 2012 en el reportaje “¿Cuántos bebés pasaron por esa inclusa? ¿De dónde llegaban?”, existen evidencias de bebés anotados como abandonados en la inclusa de La Paz que podrían ser robados. Cecilia lo ratifica: “No todos eran abandonados”. 

Por los bebés de la Inclusa de La Paz se habrían pagado grandes cantidades de dinero. Algunos habrían sido pedidos ‘a la carta’ y enviados al extranjero, como Fernando Lezaeta, nacido en 1958. Él fue a parar a Chile, a una familia de militares vinculados al Opus Dei. Las sumas de dinero pagadas por quedarse con Lezaeta se habrían repartido entre el responsable de la inclusa y el Estado, según las facturas. 

En el caso de Cecilia Rodelgo, sus padres dieron “un donativo” de 5.000 pesetas. “Yo no era mercancía vendible, había estado enferma y era sietemesina”. Los bebés que se vendían tenían que tener buena salud y responder a los criterios de los adoptantes. Como Lezaeta, sus padres pidieron un niño rubio, de ojos azules y blanquito.

Cecilia asegura que la Inclusa de La Paz tenía dos libros de registro. Esto consta en un estudio de uno de los responsables de la institución, Pedro Espina: “Se llevaban en las oficinas (...) dos clases de libros, uno reservado con las necesarias anotaciones sobre el ingreso, filiación e historia, y otro con el nombre del acogido, la contabilidad y su salida”.

El complejo de la inclusa

La Inclusa de la Paz se inauguró en 1933 y cerró en 1983. Estaba situada en la calle 0’Donnell 50, en Madrid. Era un edificio pegado a la maternidad de O’Donnell en cuya entrada principal hoy se conservan dos pequeñas esculturas de niños de cemento y escayola que recuerdan lo que pasó allí. La Inclusa estaba dentro de un complejo que albergaba tres edificios más. 

Toda una manzana a cuatro calles: O’Donnell, Doctor Esquerdo, Doctor Castelo y Máiquez. Este grupo de edificios estaba conectado con el Hospital Francisco Franco, hoy Gregorio Marañón.
Los médicos de maternidad del Hospital Francisco Franco también aparecen en la Inclusa de la Paz. Los afectados creen que los niños robados del Hospital de Santa Cristina, O’Donnell, 53, también podrían haber acabado en la Inclusa de La Paz.

Falsificación documental

En la Inclusa, los bebés y niños se registraban en distintos libros y algunos datos no coinciden. “Cuando entrabamos de la maternidad a la inclusa te hacían otra partida de bautismo y te registraban de nuevo. Tenemos dos partidas de bautismo”, dice Cecilia. 

En los 60, en la Inclusa de la Paz “se registraba todo”, continúa Cecilia, quien explica que una de las religiosas de la congregación de las Hermanas de la Caridad —la misma a la que pertenecía María Gómez Valbuena— tenía el control de esos libros. Era sor Irene Javat y estaba en la Oficina Receptora, donde trabajó en esa institución más de 30 años. La religiosa anotaba todo de forma meticulosa, afirma Cecilia. 

Cecilia ha hablado con el médico que la cuidó en la Inclusa, Javier Matos Aguilar, hermano del entonces vicepresidente de la Diputación de Madrid, Leopoldo Matos Aguilar. El médico no reconoce o no sabe lo que ocurrió allí, afirma que él “solo nos cuidaba”. La afectada también se ha entrevistado con Jesús Fermosell, médico de la inclusa, entonces con 19 años y ahora senador del Partido Popular, que afirma que tampoco sabía lo que allí ocurría. 

Después de medio siglo, Cecilia sigue investigando qué pasó cuando nació. “Salimos de un sitio y nos pusieron en otro que no era el nuestro. Necesitamos completar las páginas del libro de nuestra vida”, concluye. "                    (María José Esteso, El Salto, 18/02/18)

15/5/18

Sentí que el miedo seguía gobernando ahí, como si nos estuvieran perdonando o dándonos una limosna con esa especie de pedido de disculpas.

"–¿Hacía mucho tiempo que convivían judíos y no judíos en ese pueblito antes de la masacre?

–Cuando Jedwabne surgió en el 1700, el 70 por ciento de la población era judía. En 1930 tenía unas tres mil personas, mitad polacos judíos y mitad polacos no judíos. En 1941 hubo una masacre. Un historiador polaco judío, Ian Gross, la investigó y escribió un libro donde reveló que los judíos de Jedwabne fueron asesinados por sus propios vecinos en 1941, cuando Hitler ocupó esa parte de Polonia.

 El libro se llama Neighbors (Vecinos) que provocó un verdadero escándalo y se convirtió en un best seller en Estados Unidos y en Polonia. En 1962 habían puesto una placa en lo que queda del cementerio judío del pueblo que decía “en memoria de los judíos asesinados por los nazis”. 

Pero la verdad se supo a partir de la investigación de Gross, que se basó fundamentalmente en los testimonios de los únicos siete sobrevivientes que se escondieron en una especie de agujero en la tierra, debajo de un campo de papas, gracias a la ayuda de una polaca, Antonina Brzezoski.

–Sí y que había por lo menos 92 nombres identificados. Todos los adultos del pueblo habían relevado a los nazis de su tarea. Los nazis entraron, hicieron un pogrom terrible ese día y 20 días después optaron por la “solución final”. 

No sé si había diez o veinte de la Gestapo, eran pocos. Cuando anunciaron esta decisión, los mismos vecinos se propusieron para ejecutarla. Los nazis pidieron que seleccionaran algunas profesiones para no matarlos, pero los vecinos les aseguraron que ellos tenían de todas las profesiones, que no había necesidad de salvar a nadie.

 La matanza fue una carnicería. No estaba planteado como un trabajo, sino como una especie de fiesta popular. La muerte de estos judíos fue de las peores de la Shoah. Los hicieron cantar “La guerra es nuestra, la guerra es por nosotros...”, hicieron bailar al rabino llevando una bandera roja... Los fueron matando así; los testimonios son espantosos.

 Finalmente los metieron en un granero, hombres, mujeres y niños, echaron kerosene y le prendieron fuego. Para los que intentaban escapar, había un tipo con hacha en la puerta. Después, saquearon los cadáveres, las monedas, los dientes, se quedaron con sus casas, sus muebles, todas sus pertenencias. Los nazis les ordenaron que se deshicieran de los cuerpos y, en vez de enterrarlos, los mutilaron y esparcieron los pedazos por el campo.

–Este año, el 10 de julio, al cumplirse el sesenta aniversario de la masacre, hubo un acto en Polonia y usted fue la única familiar de las víctimas que viajó de la Argentina...

–Sí, nos invitaron a participar, pero no podíamos hablar, así que el día anterior organizamos una conferencia de prensa donde leí un texto, conté la historia de mi familia, la forma en que habían sido asesinados. 

Conté que 35 años más tarde, el país que había sido refugio para la familia de mi madre se había convertido para mí y para muchos de los hijos de esos judíos y para muchos otros hijos en un país de perseguidos y torturados por razones políticas, que fueron “desaparecidos” en nuevos campos de concentración.

 “Pasados los hechos –leo–, en uno y otro país se habla de perdón y reconciliación. Instituciones políticas y religiosas insisten en esa necesidad. Pero ¿quién pide perdón?, ¿quién lo acepta? El llamado no se dirige a quienes podrían perdonar, los sobrevivientes o familiares. No nos necesitan para la ceremonia de público arrepentimiento. 

Y sin embargo, este acto de mea culpa en Jedwabne no nos concierne, no para aceptar ni rechazar estas disculpas, sino para decirles que no se metan con las víctimas –nuestros muertos– sino con los victimarios –vuestros propios padres–. A eso he venido, a confirmar esta ausencia de parte, a invitarlos a guardar para vosotros mismos vuestra contrición y vuestra vergüenza”.

–El acto en el que usted participó formó parte de la intensa polémica que despertó la investigación de Gross...

–A raíz de la investigación de Gross, el presidente polaco decidió hacer un mea culpa y pedir perdón. Esto generó en la sociedad polaca, en los partidos políticos y en la Iglesia, una reacción bastante fuerte y una discusión profunda. Nadie dejó de estar enterado, ni nadie quedó sin ser tocado por esta historia. 

El Papa había pedido a la Iglesia polaca que participara en los actos oficiales, pero una parte de ella, el cardenal Glemp y otros, plantearon que, si los polacos se debían disculpar con los judíos, éstos tenían que disculparse por los crímenes durante el comunismo. La Iglesia no participó en el acto oficial en Jedwabne, pero hizo un acto unos días antes, oponiéndose a los términos del acto oficial. 

El antisemitismo es un fuerte componente de la consolidación de la nación polaca. Hay una razón histórica de la Iglesia. Ellos podían tener un héroe de la resistencia, por ejemplo, y que al mismo tiempo fuera antisemita, que para nosotros sería extraño.

–¿Cuando deciden hacer el acto, las autoridades invitaron a los descendientes o familiares de las víctimas?

–Los familiares se organizaron para ir y hubo una invitación oficial. Primero nos dieron siete días en un hotel y, luego, con toda la discusión, los bajaron a dos. Eramos los invitados especiales del gobierno polaco para este acto, al cumplirse 60 años de la masacre. Como la inscripción primera, de 1962, se sacó, la idea era poner otra que dijera: “en memoria de los judíos de Jedwabne y alrededores que fueron brutalmente asesinados y quemados vivos en este sitio, el 10 de julio de 1941. 

En un solo día, una comunidad judía tres veces centenaria fue completamente destruida. Que esto sea una advertencia para que nunca más el pecado del antisemitismo lleve a los habitantes de esta tierra a ir contra sus vecinos”. Pero los partidos y la Iglesia polaca se resistieron. Walessa dijo que no era serio y acusó a Gross de utilizar recursos retóricos para convencer a la gente. 

Pidieron que se investigara y empezaron a exhumar los cuerpos. A mí me dio impresión la saña con esos cuerpos, después de la forma en que habían sido asesinados y mutilados, ahora los exhumaban. En el lugar no había nada, ninguna señal, se ubicó por documentos fotográficos.

–¿Sintió odio, compasión, rabia, tristeza, cuando estuvo en Jedwabne?

–Yo quise ir a Polonia y al pueblo. Y cuando llegué me impresionó, a dos o tres cuadras de la plaza central, no había ni pasto, un círculo de piedras y un monumento en el medio, nada, o casi nada. No sentía nada porque no lo podía creer. Y pensé: no hay que creerlo, porque eso hace que lo racionalicemos y lo justifiquemos, simplemente pasó, fue, es. La presencia está en las narraciones, en los testimonios. No hay un lugar o un objeto. El nacionalismo de derecha planteaba que no habían sido vecinos sino elementos asociales, aislados, los que habían hecho la masacre, pero la gente de izquierda decía que había pasado así y lo tomaba como una oportunidad de limpiar la memoria polaca y mejorar la imagen ante Occidente además de convertirlo en un estímulo para combatir el antisemitismo y construir la democracia. No había acuerdo sobre lo que había que hacer. El sistema en Polonia es parlamentarista. O sea que el presidente polaco no tiene demasiada fuerza y la resistencia de estos partidos y de la Iglesia fue muy fuerte. 

–¿Los habitantes del pueblo son descendientes de los que cometieron la masacre o fueron cambiando?

–En parte fueron cambiando, pero la mayoría es descendiente de los que hicieron la masacre y muchos viven en las casas de sus víctimas. Los familiares hicimos la conferencia de prensa el 9 en Varsovia y el 10 fuimos a Jedwabne, en una caravana con el presidente, embajadores, Ian Gross, Antonina Brzezoski y demás. 

El embajador argentino en Polonia me había recibido muy bien. En Jedwabne iba a haber un kadish, pero hacía sesenta años que no se tocaba música judía. Yo pedí que además se tocara la música que cantaba la gente cuando vivía allí antes de la masacre.Fuimos con un músico, Gary Lucas, bastante conocido en Polonia. Hubo tres discursos, el del presidente polaco, el del embajador de Israel y el de un rabino muy viejito que había nacido allí y vivía en Estados Unidos, que hizo un discurso desastroso. 

El presidente polaco dijo: “Estamos aquí frente a las víctimas y a los familiares de las víctimas pidiendo perdón y ante nuestra conciencia”. Después dijo: “Les pido perdón a las almas de los muertos y a las familias” y allí estábamos nosotros, pero mudos porque no nos dejaron hablar. Yo estuve discutiendo cinco horas con el ministro del Interior.

–¿Cuántos familiares asistieron al acto y participaron en la conferencia de prensa?

–Seríamos unos 25 familiares. Muchos otros habían decidido no ir porque la inscripción en la placa finalmente se había cambiado a “En memoria de los judíos de Jedwabne y alrededores, hombres, mujeres y niños, habitantes de esta tierra, asesinados y quemados vivos en este sitio el 10 de julio de 1941.

 Que sea una advertencia para que las futuras generaciones no permitan que el pecado del odio engendrado por el nazismo alemán vuelva a poner a los residentes de esta tierra unos contra otros”. Así, les adjudicaron los crímenes a los nazis, no hablan de los vecinos y tampoco de antisemitismo. 

Se discutió si hacer un acto en cada país, o un acto en Nueva York. Finalmente hubo algunos que dijeron: “Mi boicot es no ir”, pero la gente no se entera de eso. Yo decidí ir y armamos esa idea de la conferencia de prensa.

–¿Cuantos familiares suyos murieron en Jedwabne?

–Mi madre nació y vivió allí hasta los 12 años y allí fueron asesinados mi tía abuela y sus seis hijos. Ella hubiera querido ir, pero al final no pudo. Yo me encontré allí con la que había sido su íntima amiga en el pueblo, una mujer que ahora vive en Israel. La actitud de los familiares en general no era pasiva. Había de todo.

 Una señora se me acercó después de que leí el texto en la conferencia de prensa y me dijo: “Yo no vine a pelearme, no quiero que se enojen”. En general ésa era la actitud de los organizadores del acto. Yo les dije que tampoco había ido para pelearme, que había ido para que no escupan sobre los muertos. 

Sentí que el miedo seguía gobernando ahí, como si nos estuvieran perdonando o dándonos una limosna con esa especie de pedido de disculpas. Yo no quiero perdonar ni que me den limosnas, pero había gente que sentía una especie de agradecimiento, pero eso demostraba en realidad que no creían en el perdón, que era una especie de libertad condicional, una tregua.

–Porque la víctima, además, tiene que ser buena y perdonar...

–Bueno, antes de viajar hice leer el texto a algunas personas. Un intelectual judío, digamos del ala izquierda, me dijo: “Si vas a decirles a los polacos que son culpables, podés tener consecuencias indeseables”. 

No era así la cosa; ellos me invitaban porque ellos dicen que son culpables y me piden perdón y yo no quiero dárselos. ¿Qué consecuencias indeseables?, que no nos dejen entrar al territorio, a Auschwitz y Treblinka. O te van a tirar un piedrazo.

–¿Quizás la sociedad tiene miedo de la víctima?

–Yo creo que, si esa víctima no deja de estar en el lugar de víctima, genera que lo sigan victimizando. Me acuerdo de Alfonsín cuando decía “va a volver el pasado” y yo había trabajado la idea de la amenaza de muerte como capital, ponés moneda sobre moneda y acumulás un capital enorme y la amenaza de muerte es como un capital y hay un rendimiento enorme. Es una idea cierta de Canetti. La víctima es como un capital simbólico, una especie de amenaza permanente.

–De alguna manera, la víctima siempre tiene que ser buena, porque si no, no es víctima...

–El problema no es la víctima, sino la victimización de la víctima, que es otra cosa. Yo puedo ser víctima de algo, no víctima a secas, ser víctima no es un ser. Siempre me pregunté por qué la mayoría de la intelectualidad judía de izquierda provenía en general de los judíos descendientes de las víctimas del nazismo, del antisemitismo en Europa, Rusia, Hungría, Polonia, Ucrania. Creo que tiene que ver con este lugar de tomar una posta, de moverse de ese lugar del miedo, si me van a matar, que me maten.

–¿Los otros familiares hacían las mismas reflexiones?

–Otra familiar que habló muy fuerte fue Judith Kubran. Los israelíes tenían otra lectura que los yanquis. Su marido leyó lo que yo iba a decir y a la mitad de la página, me agradeció. Allá fui como descendiente de una mujer nacida en Jedwabne donde murieron quemados mi tía abuela y sus hijos. 

Pero en realidad fui para decir que estoy harta de los homenajes a las víctimas. Que quiero romper el diálogo victimarios-víctimas, no quiero que me pidan perdón y no quiero buscar reconocimiento y no quiero que lo busquemos. Fui a un lugar adonde nadie me conocía y donde seguramente no iba a tener mucho acuerdo con nadie y sin embargo la gente sintió que yo expresaba lo que ellos sentían.

–¿El gobierno polaco pagó también los pasajes?

–No, fue interesante porque yo redacté el texto que decidí leer, se lo mostré a algunos amigos y se formó una especie de red y entre todos juntaron el dinero. Creo que fue por eso, porque en realidad era una intervención poético-política muy fuerte. 

Hubiera sido más fácil decir que no les creemos o que no los perdonamos, los denunciamos o agradecemos y esperamos que nunca más, que invitarlos a salir de las figuras del Estado y las instituciones y ponerlos en un cuerpo. 

¿Por qué pueden decir: “Los polacos fuimos responsables de 1600 muertos?” y no pueden decir: “Mi papá tiró una piedra”. Ni siquiera eso, la inscripción que quedó decía: “Aquí murieron quemados 1600 judíos”.

–Si se quiere ese texto es memoria, pero no es completa. Hasta se diría que es falso por incompleto. ¿La memoria es justicia?

–El embajador de Israel dijo que cuando aparezca toda la verdad en el monumento, porque va a seguir la investigación, se habrá hecho justicia. Pero me pregunto: ¿la verdad es la justicia?, ni siquiera la memoria es la justicia. La tradición judía se basa en la narración no en la memoria. Benjamin decía que los judíos tenían pésima memoria, pero eran muy atentos para escuchar y excelentes narradores. 

Ahora los judíos se han convertido en excelentes investigadores modernos donde quieren demostrar la verdad de la Shoah. Toda la tradición judía se basa en decir: “Nos echaron de Egipto”. Pero nadie fue a buscar a Egipto las pruebas y nadie les fue a preguntar si ellos lo reconocen. Eso constituye una fortaleza, una identidad, una pertenencia. 

Ahora se trata de que todos tengan la misma y entonces, bueno, hay que hacer que reconozcan la verdad y que la verdad sea justicia. Yo no quiero la memoria en ese sentido, como un registro para que sea leído dentro de dos mil años. Las víctimas ya dieron sus testimonios con sus huesos, los cabellos, los zapatos, la ocupación de sus casas, el saqueo financiero, entonces que ahora hablen de los victimarios. 

Fui a Polonia a decirles que no hablen de nosotros, porque cada vez que lo hagan van a justificar la masacre de alguna manera. 

–No de las víctimas y sí de los victimarios, ¿pero de qué manera? 

–Les propuse una especie de oración que leí en la conferencia de prensa: 

“Y lo contaré a la mañana y a la noche/ cómo mi padre persiguió al judío que cruzó delante de nuestra casa en el otoño del 41/
 
y lo apedreó primero frente a mi pequeña hermana y a mí, cómo lo vimos caer/

y lo pateó para que riéramos/

y semimuerto lo arrastró al establo central/

donde les prendimos fuego por nuestra propia voluntad/

Y lo contaré a mis hijos y a los hijos de mis hijos/

para que sepan que ese hombre es uno de los nuestros/

y cría a sus hijos y acaricia a sus nietos y se conmueve/ y lo repetiré cada noche, junto a mi mujer, cuando el mundo se acalla/

y no tenga fuerzas para no olvidar./

Los que nacimos tarde para participar/

somos hijos de esos hombres comunes, cobardes asesinos./

De ellos hemos aprendido/

la lengua que hablamos/

y llevamos grabada en el corazón esa herencia/

por eso les decimos a las generaciones venideras que así fueronlas cosas/

en Jedwabne, el diez de julio, en 1941/

fuimos polacos los protagonistas en el genocidio judío/

cuando masacramos a cientos/ por nuestra propia voluntad y con nuestras propias manos/

Nosotros, y no los nazis”.

–¿Después de los tres discursos terminó el acto en Jedwabne? 

–Después del acto, fuimos al cementerio. Mi mamá me había preguntado si había un bosque junto al cementerio judío. El cementerio era el bosque que se lo había comido, no había más cementerio. Habían puesto vallas dos días antes y talaron árboles y las lápidas estaban todas revueltas. Mi mamá me había pedido que le llevara unas piedritas de allí para poner en su tumba. 

Era un cementerio comido por la naturaleza porque no quedaba ni un judío después de la masacre. En la entrada de ese cementerio que ya no existe hay una inscripción recordando a los otros, los que murieron en la masacre y cuyos huesos están desparramados por fuera. Para mí una inscripción en un monumento recuerda el pasado expulsándolo del presente. Les había hecho una propuesta que era quemar el monumento, hacer un acto simbólico de la quema en el lugar del granero. 

Un amigo me dijo que parecía vandálico, me impresionó mucho que parezca vandálico un acto simbólico y que no lo parezca el acto en sí. Estábamos como invitados especiales y en todo caso estaban hablando de nuestros muertos. Entonces dije que, si había que reparar, nosotros teníamos que decir cómo. 

Propuse que haya una sinagoga en un pueblo donde no queda ni un judío. Un templo vacío. El dios de los judíos no espera que entre nadie: los polacos son católicos y los de este pueblo han exterminado a los judíos que iban al templo. Entonces, que en este pueblo que ha liquidado a sus vecinos, se alce como un espectro, la casa donde su dios sigue viviendo.

–¿Y qué pasó con esa propuesta?

–Una mujer de la Embajada de Israel me dijo que la idea era muy inquietante, no se trata de estar de acuerdo, me dijo, porque lo tuyo llega al corazón. Y eso es lo que yo quería. No quería que estuvieran de acuerdo o no, sino algo que pasara antes del tamiz de la conciencia. Después me dijo que el embajador quería hacerlo, pero agregarle un centro cultural. No es lo mismo. 

Yo creo que nadie está carente de todo poder, tenemos el poder de la palabra, tenemos algunos poderes. Ese poder de hacer existir un dios, que además es el mismo dios de ellos y esta oración que yo pongo, es también sagrada escritura para un católico. Quiero un acto que permanezca, una acusación permanente."                     (Entrevista a Laura Klein, página12, 04/03/18)

14/5/18

En la matanza de judíos de Jedwabne los verdugos fueron unos polacos normales y corrientes... sus vecinos

"El 10 de julio de 1941, en un impronunciable pueblo de la Polonia ocupada, Jedwabne, a 190 km de Varsovia, se produjo uno de los hechos más crueles e increíbles que registra la Segunda Guerra Mundial. 

Durante algunas horas de ese día de verano, un pueblo de 3000 habitantes fue el escenario en donde se desarrolló un asesinato colectivo. Ese día, mil quinientas personas mataron o vieron matar a otras mil seiscientas, éstas últimas de origen judío, y en el exterminio no hubo ninguna distinción entre hombres, mujeres, niños y ancianos. 

Solo siete personas sobrevivieron al ser salvadas por una familia polaca (el matrimonio Wyrzykowski) que, justamente, por ese acto de solidaridad fue perseguida por años. La historia, tan escalofriante como atroz, fue negada por décadas hasta que el historiador polaco judío Jan T. Gross publicó en el año 2001 el libro, Vecinos: El exterminio de la comunidad judía de Jedwabne, una publicación que se convirtió en bestseller en Estados Unidos y Polonia, donde desató un debate nacional sin precedentes.

 El libro se construyó recogiendo el testimonio de las únicas siete personas que sobrevivieron a la masacre, y en los archivos de dos juicios celebrados por las autoridades comunistas en 1949 y 1953. Una de las particularidades de esta masacre es que en la Polonia ocupada por los nazis, los alemanes no ordenaron la matanza ni participaron de ella, tan solo se limitaron a autorizar el devenir de los acontecimientos y sacar fotografías. 

Un crimen colectivo realizado por una comunidad de vecinos, de individuos “comunes”, en donde la mayoría de los hombres participaron activamente, y el resto observó de forma pasiva pero cómplice. La secuencia fue desvastadora. Con golpes y diversas torturas, todos los judíos fueron arrastrados dentro de un granero, encerrados ahí, para luego prenderles fuego. 

Sometidos a toda clase de humillaciones, los judíos fueron obligados a realizar actos de feria, ejercicios gimnásticos ridículos, y toda una serie de vejámenes antes de ser ultimados por sus vecinos. A esto le siguió la confiscación de los bienes “abandonados”, el silencio generalizado, y un olvido sistemático y colectivo de lo acontecido.

 Las personas fueron aniquiladas, pero sus propiedades intactas fueron apropiadas por sus ejecutores. Gross señala que se trató de un asesinato en masa en un doble sentido, por el número de las víctimas y por el número de los verdugos. Los mataron de modo frenético, barbárico, y de múltiples maneras, a unos con herramientas de metal, a otros a cuchilladas, a otros a estacazos.

Uno de los elementos más perturbadores de esta historia es que rompe el arquetipo de monstruo que comete actos inhumanos. Como señala el texto de Gross, en Jedwabne los verdugos fueron unos polacos normales y corrientes. Eran hombres y mujeres de todas las edades, y de las profesiones más diversas. Buenos ciudadanos.

 Y lo que vieron los judíos, para mayor espanto y desconcierto, lo último que alcanzaron a ver, fueron solo rostros familiares. Vieron a sus propios vecinos devenidos en asesinos voluntarios. Un ejemplo en donde la horda, la furia de una masa resentida que por distintos motivos se contamina con las ideas de diferencia y superioridad, elimina los límites y las responsabilidades individuales.  Distintos informes detallan que los habitantes de Jedwabne de la posguerra sabían perfectamente que los judíos del pueblo habían sido asesinados por sus vecinos durante la guerra, y no por los nazis.

La historia permaneció prácticamente oculta hasta la publicación de Gross (2001) y cobró una mayor difusión gracias al estreno de la extraordinaria película polaca, “Poklosie”, (o “Secuelas” 2012). Escrita y dirigida por Wladyslaw Pasiloski, narra la historia de la matanza y recibió en Polonia severas críticas, amenazas, y un verdadero boicot por parte de sectores nacionalistas polacos que niegan lo ocurrido ahí, y en otros pueblos similares, ya que éste no fue el único caso. 

Recomiendo leer el reportaje publicado en Páginai12, realizado por Luis Bruschtein, a la filósofa y poeta Laura Klein, “Jedwabne, la vergüenza de los polacos”, ya que ella tuvo familiares asesinados en ese pueblo. Así, también,  el artículo de Ana Wajszczuk en el diario La Nación, “La vecindad del mal”.

La historia de Jedwabne representa un acontecimiento testigo de hasta dónde puede llegar un grupo de personas comunes, de rostros amigables y familiares, ante ciertas circunstancias de contagio del odio más visceral, y donde no hay ninguna cabida para la reflexión y la empatía. 
En la obra teatral Potestad, de Eduardo Pavlovsky, un médico conquista al público a través de un relato dramático donde detalla cómo ha sido despojado de su hija. 

Esta emoción se revierte sorpresivamente en los minutos finales del monólogo, cuando revela su condición de médico apropiador de la dictadura. Por aquel entonces, muchas personas le recriminaron al autor-actor haberle otorgado rasgos tiernos y cálidos al personaje del genocida.

El escritor y maestro del terror Alberto Laiseca decía que los monstruos existen. No se refería, por supuesto, a seres con colmillos, Quasimodos, u hombres-mosca, sino que hablaba más bien del comportamiento de los seres ordinarios, de aquellos que habitan en tantos pueblos lejanos y ciudades cercanas de este mundo, y que pareciera que solo están esperando a que alguien se anime a dar la orden de ataque."                (Federico Pavlovsky, Página12, 18/12/17)

11/5/18

Los rocieros franquistas de Almonte asesinaron a un centenar de campesinoa en 1936




"La película “Rocío” continua censurada por el Tribunal Supremo desde 1984, su director, Fernando Ruiz Vergara, fue condenado a cárcel, fuerte multa e indemnización. El Tribunal, que nunca negó la veracidad de los hechos, censuró los fotogramas donde se responsabiliza a José María Reales Carrasco, terrateniente, bodeguero, fundador de la Hermandad de la Virgen del Rocío, del asesinato de 100 Republicanos almonteños, muchos de ellas siguen hoy desaparecidos en fosas comunes.

Según el juez Luis Vivas Marzal, “es indispensable inhumar y olvidar…las generaciones posteriores convivan pacífica, armónica y conciliadamente…no avivar los rescoldos, no despertar rencores, odios y resentimientos adormecidos por el paso del tiempo..”. La película había tenido excelentes críticas de políticos, escritores y poetas andaluces como Alfonso Guerra, Fernando Quiñones, José Caballero Bonald, Ian Gibson, Pilar Miró, Luis G. Berlanga, José Hierro o Antonio Gala. (...)

“En Almonte mataron a Frasquita La Charamusca, Diego Cepeda Aragón Azuquita,..un total de 100 personas, 99 hombres y una mujer”. A determinados sectores de la derecha de Almonte les afectó la conexión que establece la película entre los fusilamientos del 36, el ejercicio del poder y la romería de El Rocío.

(...) El Gobierno de la Segunda República acordó desterrar símbolos religiosos de los espacios públicos, aplicando el artículo 27 de la Constitución Republicana que definía la laicidad del Estado. En 1932 las derechas manipularon los sentimientos de los almonteños, y alentaron una algarada contra la decisión del ayuntamiento de retirar las imágenes de la Virgen del Rocío y del Sagrado Corazón de Jesús del salón de plenos del ayuntamiento.

 Los exaltados agraviaron a los concejales y al alcalde Francisco Villarán, frente al ayuntamiento el párroco invitó a asistir al Santo Rosario en desagravio de los hechos, agredieron al concejal Francisco Acevedo Salguero y al guardia municipal José Larios Ramírez.

Se abrieron las bodegas de algunos de los señores del pueblo para repartir vino a las gentes, el gobernador civil de Huelva obligó a poner los cuadros retirados. El germen de estos episodios fue económico y político, y no religioso. Sin embargo las elecciones municipales de 1936 volvieron a dar el triunfo a los Republicanos y socialistas en Almonte.

La derecha nunca admitió la pérdida del poder político que sobrevino con la proclamación de la República. Era un sistema político en el que varias familias se alternaban en el poder desde hacía más de medio siglo. No podía desaparecer. Las élites locales y provinciales no soportaban ver a sus enemigos de clase (a simples obreros en muchas ocasiones) ocupando espacios políticos que siempre habían sido suyos y que consideraban parte de la herencia familiar.

Y si grave fue la pérdida del poder político mucho peor fue cuando la amenaza pasó al terreno económico. Es aquí, aunque se disfrazara de afrenta a la Virgen, donde hay que buscar la clave de los sucesos de Almonte.

Detrás de este suceso subyace un problema agrario y de distribución de los montes de propios y las tierras del municipio. Hasta un 83% del término municipal de Almonte quedó en manos privadas a partir de las desamortizaciones del siglo XIX, perdiendo la población una inmensa cantidad de recursos públicos que utilizaba tradicionalmente para sobrevivir.

 La República animó a los municipios desde su implantación a una revisión del catastro para establecer qué terrenos pertenecientes al pueblo habían pasado a manos privadas, descubriendo tras estudios pormenorizados que había extensas apropiaciones ilegítimas que debían volver a propiedad municipal. En 1931 los ayuntamientos republicano-socialistas enviaron al Gobierno relaciones de las propiedades que les pertenecieron y listados de sus actuales propietarios en base a los archivos municipales, los registros de propiedad y los testimonios orales.

Los selectos propietarios que habían acaparado inmensas cantidades de terreno ilegítimamente no estaban dispuestos a permitir el derrotero que tomaba la cuestión agraria. Ésta y no la decisión de quitar los azulejos del salón de plenos fue la causa de los “sucesos de Almonte”, un verdadero motín de carácter político, que tuvo lugar en el momento clave en que se discutía la Ley de Reforma Agraria.   (...)

El 25 de julio de 1936 Almonte fue tomada por la columna Ramón de Carranza. Los falangistas esperaron en la carretera de Hinojos la llegada de los golpistas, que no encontraron ningún tipo de resistencia. Los 25 mineros que llegaron de Rociana a socorrer al pueblo fueron detenidos inmediatamente por las tropas sublevadas.

 Más de 100 personas fueron fusiladas, muchas de ellas en la zona conocida como Rompecoches, en aplicación del Bando de Guerra, permaneciendo aún la mayoría en fosas comunes sin identificar ni dignificar en el viejo cementerio, donde en una primera fosa yacen fusilados procedentes de Hinojos, Huelva, La Palma, Bonares y Bollullos, en una clara estrategia de desarraigo de las víctimas de sus pueblos de origen.

 Los años de posguerra en Almonte fueron estremecedores, la precipitación del trabajo para los niños huérfanos, las coacciones de Falange, las burlas de los soldados a vecinos que vivían en silencio la tragedia de un ser querido asesinado. Doñana pasó a ser de nuevo lo que había sido antes del 14 de abril de 1931, un lugar de recreo para las clases ociosas. (...)

10/5/18

Los hijos ingresaban en instituciones religiosas y hospicios al ser ejecutadas sus madres

"Hasta que los franquistas ganaron la guerra, casi la totalidad de los territorios de las 5 provincias castellano-manchegas permanecieron del lado de la legalidad republicana. En la posguerra, la miseria, el miedo, la represión marcaron la vida de las gentes.

 Los vencedores generaron una terrorífica violencia sobre los vencidos, mostrando una feroz ansia de venganza, fusilamientos, ejecuciones extrajudiciales, asesinatos incontrolados, humillaciones públicas especialmente contra las mujeres, reclusión en campos de concentración o prisiones a lo largo y ancho del paisaje manchego, hacinamiento, infecciones, mano de obra de presos en régimen de esclavitud, depuraciones, controles sociales obsesivos, persecuciones… 

Durante la década de los 40, además de los exiliados y de miles de funcionarios depurados, las víctimas de la represión, cifra recogida hasta el momento representando una mínima parte del total, fue de 20.957. 

En la provincia de Albacete fueron 12.010, en Toledo 4.592, en Guadalajara 2.566, en Ciudad Real 1.064 y en Cuenca 707. De ellas, 2.290 son mujeres. 

Tras juicios militares sumarísimos hubo ejecuciones, muchos de sus cuerpos se encuentran todavía en fosas comunes; 10.405 víctimas pasaron por prisión; el número de presos fallecidos mientras cumplían sentencia serían 1.549. Asesinados extrajudicialmnete 1.015. Hay muchas evidencias calladas y silenciadas, toda una memoria por recuperar.

Decenas de miles de prisioneros pasaron por los campos de concentración de Jadeña, Palacio de Cijara, San Martín de Pusa, Talavera de la Reina, Ocaña, Casa Zaldívar, Toledo-San Bernardo, en Murcia hubo 30.000 presos, en Ciudad Real 11.600, Hellín, Manzanares, Valdepeñas, Santa Cruz de Mudela, Almagro, Daimiel. Cientos, miles, estuvieron en los campos de Castilblanco, Los Yébenes, Jarosa, Fuenlabrada de los Montes, Villarta de los Montes, Nava de Ricomalillo, Villanueva de los Infantes, La Higueruela, Orgaz, Tembleque, Yébenes, Consuegra, Madridejos, Toledo-San Bernardo, Almuradiel. Además las prisiones provinciales de Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Almadén, Chinchilla, Hellín, Ocaña, Sigüenza, Talavera de la Reina.

La violencia criminal se ejerció con saña. Salvino Ramos Esteban un avanzado maestro nacional, defensor de la idea Republicana de escuela pública, gratuita, obligatoria, laica falleció en prisión, y su familia fue también duramente represaliada. 

J. C. L., 26 años, bracero de Tarazona de la Mancha (Albacete), fue ejecutado en noviembre de 1939 en las tapias del Cementerio de Albacete acusado de “ser miliciano armado en los primeros momentos de la guerra”. 

A. A. G. natural de Quintanar de la Orden (Toledo), hijo de una presa política, falleció con 7 meses en la cárcel de Ocaña en junio de 1940 mientras su madre cumplía condena. 

Francisco Vindel Carrillo, primer exhumado de las fosas de Uclés, murió tras recibir la enésima paliza de la Falange de Horcajo de Santiago en la Cárcel de Uclés en Agosto de 1941. 

Valeriano Serrano García murió en el centro de Falange de Cuenca en abril de 1939, por “suicidio por ahorcamiento”. 

Gervasio Martínez murió en su casa de El Provencio, se pasaron con la silla eléctrica. Juan Araque Martínez, Presidente de UGT y Alcalde de Sisante, torturado hasta la muerte en su pueblo, su cadáver quedó expuesto al público frente al ayuntamiento.

Las mujeres Republicanas se habían organizado en retaguardia apoyando a los hombres en el frente, realizando las tareas del campo, implicándose en la organización municipal, militando en organizaciones, sindicatos. Todo ello agravó la represión franquista sobre ellas, diferente en la forma, que no en la intensidad, respecto a la de los hombres, más sutil, sibilina, dañina, ejemplarizante y humillante. 

Recibieron castigos despojándolas de toda dignidad, exhibiendo públicamente su cuerpo vejado o mutilado, sometiéndolas. Muertes violentas de mujeres entre 1939 y 1943 aparecen como “suicidio, ahorcamiento, asfixia por presión”, enmascarando su asesinato. Hay que añadir las muertes por pobreza, miseria, marginación social, produciendo: “colapso por hambre”, “agotamiento por falta de alimento”, “avitaminosis”, etc.

Blasa Jiménez Chaparro, primera mujer alcadesa de Alhambra (Ciudad Real) murió en la prisión de Amorebieta (Vizcaya) como consecuencia de las torturas y el hambre. Milagros Atienza Ballestero, de Ciudad Real, cenetista ejecutada también a garrote vil. La primera mujer afiliada al PSOE y UGT en Ciudad Real fue Milagros Atienza Ballesteros, natural de Ciudad Real, nacida el 19 de noviembre de 1915, mecanógrafa en la Diputación de Ciudad Real. Acusada de intervenir en actos marxistas, condenada por un delito de adhesión a la rebelión, ejecutada a garrote vil el 17 de Noviembre de 1939.

Elena Tortajada Marín, natural de Valdepeñas, maestra nacional en Ciudad Real, militante del PCE, participó en mítines y actividades políticas. El 1 de Abril de 1939 ingresó en la Prisión Provincial de Ciudad Real con su hijo de 3 meses. Ejecutada a garrote vil en la cárcel de Ciudad Real con 28 años al día siguiente de que su bebé cumpliera 9 meses. Poco antes entregó su hijo a sus compañeras diciendo delante de los guardias y soldados con voz clara y firme: “Aquí os confío y os pido que le eduquéis y le inculquéis mis ideales y que nunca olvide por qué murió su madre”.

Muchas presas se vieron obligadas a entregar sus hijos a un destino incierto, instituciones religiosas, hospicios, donde ingresaban al ser ejecutadas sus madres. Amalia Arenas Martín, natural de Almagro, casada, 37 años, madre de 8 hijos, sus 2 hijas Jorja y Dolores Valencia Arenas de corta edad, permanecían con ella en prisión, fueron entregadas al día siguiente de la ejecución de su madre a las religiosas del Hospicio Provincial de Ciudad Real.

También fueron víctimas Paz Ruiz Sánchez, de Brazatortas, deportada a Mauthausen con el n.º de prisionero 36.314 en enero de 1941, trasladada al campo de Gusen en febrero de 1941 donde falleció en diciembre de 1941. Remedios Muñoz Fernández, de Cózar, deportada a Mauthausen con el nº de prisionero 81.798, en marzo de 1941, trasladada a Gusen falleció allí en agosto de 1941.

Con la posguerra llegaron “los años del hambre”, agravados por las políticas autárquicas del régimen vencedor. Los años 40 fueron una década completamente perdida para Castilla-LaMancha. Las familias humildes castellano-manchegas sobrevivían y superaban mal el hambre, la malnutrición, las enfermedades. La imposición de restricciones oficiales y cartillas de racionamiento contrastaba con la certidumbre de las corrupciones oficiosas y el mercado negro.  (...)

Información de alto interés se encuentra en la web en continua actualización Víctimas de la Dictadura. Documentos: Eldiario.es (Paula de la Torre, Alicia Avilés). Foro por la memoria. La guerra civil en Castilla-La Mancha, 70 años después. Periodicoclm (S. Jiménez). El Franquismo en Castilla-La Mancha (Pedro Oliver Olmo). Memoria antifranquista. Imagen original de Gbienbo"                 (Tulio Riomesta, Documentalismo memorialista y republicano, 08/04/18)