17/11/17

El fusilamiento de 17 vecinas de Guillena (Sevilla) por ser familiares de Republicanos

"En Guillena no hubo ninguna resistencia a los golpistas. La columna del gobernador Carranza entró en Guillena siendo recibido por la Guardia Civil. Los hombres cercanos al Frente Popular se fueron a Extremadura y de ahí a Madrid para inscribirse en el Ejército Republicano. Otros se quedaron en la sierra próxima a Guillena soportando el frío, el miedo, el hambre. 

Los que se presentaron confiados en que no habían cometido ningún delito fueron fusilados por aplicación del Bando de Guerra.
 
Las mujeres se quedaron cuidando de sus familias y de los hijos de sus familiares fusilados, conviviendo con el miedo, el hambre, la desesperación, la represión que desde los primeros momentos se instauró en Guillena, soportando la humillación constante de los franquistas. En Septiembre de 1937 fueron encarceladas 17 vecinas. 

Su único crimen era ser cónyuges, hijas, hermanas, viudas de Republicanos. Eran campesinas y jornaleras. No hubo más de lo que las pudieran acusar, porque tampoco hubo acusación ni consejo de guerra. No consiguieron de ellas ni un dato que les acercara a los hombres que buscaban “y por eso las mataron”.

Se las torturó, humilló, y se las paseó rapadas por el pueblo. Después un camión las trasladó como ganado a Gerena. Juan Palma, médico del pueblo, intentó salvarlas, explicó que muchas estaban enfermas, tenían niños, había embarazadas. Consiguió bajar a una que daba de mamar a su bebé y a “La Marcelina” cuyo niño se aferraba a su pecho. 

La crueldad fue ilimitada con las demás. Los vecinos de Gerena contaron que sus gritos resonaron en todo el pueblo. En Noviembre de 1937 las 17 mujeres fueron fusiladas. Una a una fueron cayendo ante los disparos del pelotón. Sus cuerpos, sin respeto alguno, fueron lanzados a una fosa común. Sus nombres eran:

Eulogia Alanis García, “la cunera”.

Ana María Fernández Ventura, “la lega”. Originaria del Portugalete sevillano, 29 años, 2 hijos, madre soltera.

Antonia Ferrer Moreno. Natural de Loja. Casada con Cristobal Barroso, 3 hijos.

Granada Garzón de la Hera, “la gitana”. Natural de Guillena, 41 años, 9 hijos, el mayor José y su marido Francisco Aguilar, asesinados. Denunciada por el cura del pueblo por no estar casada por la iglesia.

Granada Hidalgo Garzón. Viuda, 70 años. Sabía leer.

Natividad León Hidalgo, 52 años. Casada con Antonio León, 2 hijos.

Rosario León Hidalgo, 41 años. Casada con Francisco Prieto, 3 hijos.

Manuela Liánez González, “la esterona”. Casada con Eduardo Rodríguez, 2 hijas, detenida por no declarar el paradero de su marido.

Trinidad López Cabeza, 50 años, 8 hijos, detenida en su casa; su hija mayor se ofreció para ir en su lugar; no volvió a ver a su madre.

Ramona Manchón Merino, 44 años. Casada con Antonio Palacios (asesinado), 4 hijos.

Manuela Méndez Jiménez, 24 años. Casada con Manuel Domínguez (desaparecido), 2 hijos. Detenida por no revelar el paradero de su marido.

Ramona Navarro Ibáñez, 24 años. Casada con José María Macero, 2 hijas.

Dolores Palacios García, 46 años. Casada con Antonio Hidalgo, 9 hijos.

Josefa Peinado López, 55 años. Casada con Manuel Peinado, 2 hijos.

Tomasa Peinado López, 61 años. Casada con Antonio Fernández, 5 hijos.

Ramona Puntas Lorenzo, 52 años. Casada con German Franco (asesinado), una hija.

Manuela Sanchez Gandullo. 57 años. Casada con Emilio Valdivia, 3 hijos.

 El jefe del Estado Mayor Cuesta Monereo, informó a Franco que fueron fusiladas “por tratarse de “sujetos peligrosísimos de filiación marxista que auxiliaban a los huidos proporcionándoles alimentos”. Los falangistas querían sacarles a estas mujeres el paradero de sus familiares, que estaban en el frente con el bando republicano o habían escapado a la sierra. 

En el libro Las víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla, José María García Márquez explica que las “matanzas de mujeres como en Gerena, El Real de la Jara, El Ronquillo o Guillena, eran exclusivamente operaciones de limpieza, para cortar de raíz las ayudas que los huidos en las sierras estaban recibiendo de los pueblos”. García Márquez tiene expedientes de más de 500 mujeres asesinadas en la provincia de Sevilla: “Más que 13, 17 o 25 rosas, hay una auténtica rosaleda de muerte”. 

“El Moña, el enterrador, vaya forma en que trató aquellos cuerpos muertos”…“Una de las muchachas venía embarazada, se escabulló y se escondió detrás de un nicho, y el Moña les dijo, Ehhh, aquí hay una, se volvieron todos y la mataron”…“aterrados vieron los relampagones de las descargas de los fusiles una y otra vez. Aún no era de día cuando comenzó la matanza”…“

A las mujeres las mataron el comando de Falange de Gerena, compuesto por Pozo el empedrador el jefe de ellos, Carrillán el famoso, el Chato Panadero, el Popo, José el Calentitero el de los calentitos un elemento bueno, Juan Valderas El Pescadero que era cojo, Quito el Demonio que mató a un niño a chocazos contra una pared, Felipe el Caco, Arturo el de la Mariqui y Apache, Montero el Guardia Civil asesino de niños, que mató al niño del Polvorista”…”Estos asesinos viajaban a las aldeas del Castillo y a la sierra de Aznalcollar para fusilar Republicanos detenidos”…“Abusaron de una después de muerta, el Moña y el Maestro Empedrador le sacó con un puñal el niño del vientre a la que estaba embarazada eso fue terrible, tremendo”…

“Cuando las mujeres trataban de esconderse en los nichos excavados en la tierra, El Moña las cogía por los pelos y las ponía para que las mataran”…”Ellos disparaban desde la cancela, eran 12 o 13 de Falange y 2 o 3 Guardias Civiles”.            (Documentalismo Memorialista y Republicano, 14/11/17)



16/11/17

“Los que los señalaron no eran de fuera, eran fascistas rabiosos del pueblo”

"Iban nueve mujeres. Todas ellas de profesión humilde, aceituneras, afiliadas al sindicato de la UGT y detenidas por falangistas en la mañana del 10 agosto de 1936. Las mandaron en pocas horas al Puerto de Sevilla, dirección al buque prisión Cabo Carvoeiro.

 La fecha sería muy recordada en la ciudad. Cada día se mataba a sangre fría y en aplicación del bando de guerra a gran parte de la élite izquierdista. Precisamente, ese diez de agosto fue el día que aniquilaron a un importante grupo de la corporación municipal republicana. Blas Infante, padre de la patria andaluza, era una de aquellas víctimas.

Las jornaleras asesinadas eran María, Rosario, Leonisa, Josefa, Francisca, Gabina, Victoria, Josefa y Guadalupe. Eran mujeres del mundo agrícola de entre 19 y 43 años de edad. Todas vivían en el municipio de San Juan de Aznalfarache y fueron fusiladas en la saca del 24 de octubre de 1936. A Josefa la violaron antes de su muerte

Eso cuenta la bisnieta de su hermana Caridad, Esmeralda. También le cortaron los pechos. De María Díaz Arriaza se ha logrado rescatar parte de su biografía. El asesinato de sus hermanos menores. De Guadalupe solo se conoce el testimonio de su hijo huérfano a los 10 años, Manuel Anillo. (...)

El temido capitán Manuel Díaz Criado, mano derecha de Queipo de Llano sería el firmante de la saca de las nueve aceituneras la mañana del 24 de octubre. Sánchez señala a Público cómo aquella mañana “ordena que le entreguen a cuarenta y seis personas presas en el barco prisión Carvoeiro, proporcionado a los golpistas por la compañía naviera Ibarra”.

 Tres de aquellos hombres y tres mujeres no llegaron a perder la vida. No ocurrió lo mismo con las cuarenta personas restantes que son vilmente asesinados. Veintiún hombres y trece mujeres, una de El Garrobo, Sevilla, y las doce restantes vecinas de San Juan de Aznalfarache, entre las que se encuentran a las nueve aceituneras. (...)

El perfil de estas nueve mujeres es bastante común en la Andalucía rural de los años 30 con fuertes cambios sociales en pleno auge de la II República. “Eran trabajadoras humildes y pobres, algunas vivían en el Barrio del Manchón, un barrio de chabolas en zona inundable, sin agua corriente ni alcantarillado. 

La última inundación del Guadalquivir de enero de 1936, hizo estragos en San Juan Bajo y especialmente en el Barrio del Manchón, uno de los más humildes de San Juan, barrio que visitaron muchas veces los falangistas para llevarse y asesinar a sus vecinos y vecinas”. (...)

La familia de María Arriaza Calero es una de las pocas que conoce parte de su biografía. Sánchez recuerda cómo sus hermanos fueron duramente reprimidos por los franquistas de San Juan. “Los que los señalaron no eran de fuera, eran fascistas rabiosos del pueblo”, aclara Raúl.

 Los militares señalaron con nombre y apellidos a María Arriaza Calero con 21 años, y a dos de sus hermanos, a Diego con 18 años lo asesinaron el 4 de enero de 1937, y a José con 25 años el 26 de octubre de 1936. El otro de los hermanos también murió asesinado. María Díaz, sobrina de esta aceitunera narra como a “sus padres les faltó poco para volverse locos”.

El caso de Guadalupe Sánchez resulta verdaderamente triste. Su nieta Guadalupe Anillo narra a Público la infancia de su padre Manuel. Con tan solo diez años quedó traumatizado con la trágica noticia de la muerte de sus padres. Guadalupe Sánchez López tenía solo 32 años y Antonio Anillo Marín, 35. 

“Mi padre iba a llevarles comida cada mañana al buque cárcel del Puerto y aquella mañana le dijeron a un niño de diez años que a sus padres se los habían llevado para fusilarlos al cementerio”. Guadalupe no contiene la tristeza al pensar la rabia con la que vivió su padre Manuel. “Cuando era pequeña y volvimos a Morón de la Frontera para que mi padre trabajara como chófer en la base estadounidense, uno de los americanos supo de su pasado familiar y nos tuvimos que ir corriendo. Lo hemos pasado realmente mal”. Guadalupe conoce poco de su abuela. “Era aceitunera y tenía las ideas muy claras pero mi padre no quería que supiéramos todo este drama”, añade."            (María Serrano, Público, 10/11/17)

15/11/17

El alcalde señalaba, los verdugos fusilaban: 80 años de la “depuración franquista” en Sestao

"Amalia Gutiérrez ayudaba a traer criaturas al mundo. Lo hacía en un momento complicado: si los de arriba así lo decidían, los recién nacidos se quedaban sin madre ni padre. Un día, Amalia se quedó sin trabajo, y no precisamente por falta de alumbramientos.

 Ella se desempeñaba como partera municipal en Sestao, un pueblo que en los años 30 estaba lleno de fábricas y de vida. Hasta que llegó la muerte. Ellos, los verdugos, despidieron a Amalia y a otras 100 personas que trabajaban en el ayuntamiento. Diez fueron fusilados. Nadie, jamás, pidió perdón por estos crímenes. Ni en dictadura ni en democracia. Hasta ahora.  (...)

En ese contexto, Público ha tenido acceso a la primera Memoria de gestión municipal de la Corporación franquista, un documento elaborado en mayo de 1939 que describe con pelos y señales cómo se desarrolló la instauración del régimen, incluyendo su salvaje política de “depuraciones” contra la plantilla de trabajadores.

“Integrado el Ayuntamiento de Sestao por personas de arraigado españolismo y firmes creencias religiosas, su actuación política al frente del municipio se ha caracterizado por su íntegra e indudable adhesión a los principios que encarna el Glorioso Movimiento Nacional representado en los 26 puntos del programa de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, e inquebrantable y firme adhesión a nuestro único e indiscutible Caudillo Franco, Jefe del Estado Español y Generalísimo del Glorioso Ejército Nacional”, proclamaba en ese informe el secretario municipal, José Vicario y Calvo.

Estos papeles hoy amarillentos confirman lo que tantas veces se escuchó por las calles y bares del pueblo: nada más acabar con la resistencia democrática, los golpistas aprovecharon su llegada al ayuntamiento de Sestao para vengarse de la “propaganda marxista” y del “dominio rojo-separatista” en esta localidad vizcaína, donde existía un importante movimiento obrero.

“El Ayuntamiento Nacional y muy especialmente sus alcaldes, a quienes primordialmente compete la gestión política municipal, han acomodado su actuación a la legislación del Nuevo Estado Español cumpliendo leyes, decretos, órdenes y circulares y disposiciones de todas clases dictadas con carácter general, en que han ido cristalizando los principios doctrinales y programáticos en que se inspira la nueva España”, puede leerse en otro tramo de la memoria.

De esta manera, la Corporación franquista puso en marcha una “comisión depuradora” que estuvo presidida por el alcalde, Anastasio Cortadi, así como por otros cinco reconocidos ultraderechistas: Mario Clérigo Santamaría –quien posteriormente sería primer edil-, Nicolás Fernández, Pantaleón Bonilla, Simón Ingunza y Federico Abiega. Fueron ellos los encargados de realizar la “purga” administrativa que dejó en la calle a los “desafectos” e incluso dio paso a una serie de fusilamientos.

“Previamente, por Decreto de la Alcaldía de 8 de julio de 1937 se dejó en suspenso a toda clase de empleados, funcionarios y personas que cobrasen haberes del Municipio o de algún modo dependientes de él, ya lo fueran en situación activa o pasiva”, relata la memoria. “En dicho decreto se concedía un plazo que expiraba el día 14 del propio mes para que todas las personas afectadas por el mismo pudieran solicitar su readmisión –añade-. En su virtud, 174 individuos solicitaron su readmisión”. Para muchos de ellos no serviría de nada: sus condenas ya estaban escritas.

Los temores se confirmaron aproximadamente una semana más tarde, el 20 de julio de 1937. Ese día, la comisión depuradora “destituyó definitivamente, sin haber lugar a la formación de expediente”, a quienes “por su colaboración con los rojo-separatistas, por su actuación e ideología política resultaban ser manifiestamente contrarios a cuanto representaba el Glorioso Movimiento Nacional”.

En ese expediente estaban los miembros de la Guardia Municipal Félix Urgel y Bernardino del Rey, quienes posteriormente serían fusilados. Esa misma suerte corrieron los funcionarios Calixto Saiz y Manuel Herrero, así como el bombero Federico Orubeondo, el celador de arbitrios Sebastián Larrea o el sereno Zoilo Rodríguez Ruano. Además, la dictadura destituyó y asesinó al concejal del PNV Jesús Lopategui Vila y al juez de paz y médico Victoriano Martín Soto. Ninguno de ellos pudo defenderse ante los concejales fascistas que dictaron sus “depuraciones”.

Las trabajadoras expulsadas

Según ha podido comprobar Público, entre las 101 personas de la plantilla municipal que fueron destituidas figuraban 21 mujeres. La partera Amalia Gutiérrez, destituida en una sesión que se celebró el 14 de octubre de 1937, fue una de ellas. También se aplicó esa medida contra la mecanógrafa Nieves Cuesta o las maestras Celia Orbea, Pilar Rico e Inés Basurto. Otra educadora “roja-separatista” que se quedó sin trabajo fue Victoria Rúa, profesora de solfeo.

Precisamente, el Ayuntamiento franquista también sospechaba sobre todos y cada uno de los integrantes de la Banda de Música municipal y del grupo de tamborileros, contra los que dictó su “disolución total”. En aquel Sestao franquista y nacional-católico ya no había tiempo para la alegría ni la música. Empezaba así una larga pesadilla, cargada de sufrimientos nunca contados y siempre silenciados."                       (Danilo Albin, Público, 09/11/17)

14/11/17

"La amenaza entre golpe y golpe era que me iban a violar"

"Dejarlo apartado en un rincón de la memoria ha servido a Rosa María García de artimaña contra los vaivenes del pasado. Recuerda con absoluta claridad lo que ocurrió la noche del 24 de agosto de 1975, cuando, con 19 años y un futuro como médica por delante, le empezó a cambiar la vida. "Creo que es lo que solemos hacer todos, dejarlo aparcado. 

Contarlo es duro, pero también es como un peso que te quitas de encima y alguien tiene que hacerlo. Supongo que pasará el tiempo y volverá al lugar de la memoria en el que tiene que estar", cuenta su voz serena al otro lado del teléfono.

Rosa María García es una de las tantas víctimas del franquismo que todavía esperan justicia. Fue detenida y torturada por militar en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) y pasó una semana en la Dirección General de Seguridad (DGS), el principal centro de detención de la policía franquista situado en la Puerta del Sol de Madrid. 

Nada más entrar a las dependencias de la DGS, Rosa María se dio de bruces con uno de los torturadores más conocidos, Antonio González Pacheco, apodado Billy el Niño. (...)

"Los insultos sexistas, como guarra y otros de ese estilo, eran constantes. La amenaza común entre golpe y golpe era que me iban a violar y a matar, que me iban a llevar a la Casa de Campo y nadie iba a saber dónde estaba...Ese día llevaba un vestido y, cuando me tiraban al suelo, gritaban burlándose 'mira qué guarra, que se le ven las bragas'", relata.

"Era muy común entre las mujeres. Todas las que nos juntamos después en la cárcel de Yeserías lo hablábamos y a todas nos había pasado. A mi me invalidaron más estas cosas que los golpes porque los insultos me afectaron de una forma especial. Sentías la humillación, la humillación como mujer", prosigue. (...)

Eran aproximadamente las once de la noche y Rosa María volvía de estar con el que después se convertiría en su marido. En medio de la calle, varios agentes de la policía franquista vestidos de paisano le pidieron la identificación y la detuvieron. Poco después supo que casi al mismo tiempo detenían también a su novio y a otros tantos militantes del Frente. "A nuestros compañeros también les amenazaban con que nos iban a violar a nosotras", relata.

Recuerda que Billy el Niño la recibió con golpes e insultos y que en aquella época era muy conocido "por su sadismo" porque "disfrutaba torturando y eso te lo puede decir cualquiera que haya pasado por sus manos". Rosa María estuvo una semana en la DGS, un tiempo en el que la pasearon por Madrid en busca de lo que ellos llamaban pisos francos: "Nada más llegar me hicieron poner de rodillas y empezaron a darme golpes en las plantas de los pies con la porra. Luego me pasaban a otro y me pegaba, era muy caótico, pasando de agente en agente. Me amenazaban con matarme...y yo pensaba que casi lo de morir era un alivio".

Tras su estancia en el centro de detención la encarcelaron en la prisión madrileña de mujeres de Yeserías, donde después de estar cuatro días incomunicada en los calabozos, la pasaron a las celdas. "Allí era diferente, había una cama, un vaso de agua.. Además eramos muchas y nos apoyábamos unas otras. Los días que había comunicación nuestras madres –¡Qué hubiera sido de nosotras sin las madres!, exclama– nos traían comida y la compartíamos", esgrime. (...)

Tres meses después Rosa María salió de la cárcel tras morir Franco y pagar sus padres una fianza de 30.000 pesetas que consiguieron gracias a la ayuda de familiares, amigos y vecinos. Pero tanto ella como su marido seguían teniendo juicio pendiente por asociación ilícita y propaganda ilegal. Por eso, se fueron a vivir a Valencia, donde estuvieron dos años antes de regresar a Madrid de nuevo. "Tuve que irme de casa de mis padres porque no podía dormir por miedo a que volvieran", explica. (...)

 Recuerda a Concepción Tristán y María Jesús Dasca Penelas, dos mujeres con las que compartió cárcel y que fueron condenadas a muerte, aunque finalmente no fueron ejecutadas.
Ellas formaron parte del juicio en el que fueron condenados los últimos fusilados del franquismo, tres de ellos militantes del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota.

 Rosa María asistió al homenaje por el 40º aniversario de las ejecuciones y se enteró de que las dos mujeres estaban ya fallecidas. "Me impresionó saber que las había conocido. Eran de mi edad, habían sufrido muchas torturas y pensé que ellas ya no podían hacer nada, así que casi por ellas decidí denunciar", cuenta.

Sobre si cree que ganarán con la denuncia, responde con un rotundo "no". Pero añade que eso no le echa para atrás: "A veces luchar no consiste en saber qué vas a conseguir. A veces consiste simplemente en plantar cara, aunque no vayas a ganar. En poner un granito de arena, en dar un pequeño paso. Aunque no vayas a conseguir nada, te queda la dignidad de no haberte agachado".          (eldiario.es, 10/11/17)

13/11/17

Weinstein exigía sistemáticamente prestaciones sexuales diversas a las actrices o guionistas que aspiraban a trabajar en sus películas

"Hollywood tiembla. Todo empezó con la revelación pública de algo que sabía todo el mundo (menos Hillary Clinton, según dice ella). Que Harvey Weinstein, el más importante e influyente productor de Hollywood (Miramax Films, entre otros), exigía sistemáticamente, según capricho, prestaciones sexuales diversas a las actrices o guionistas que aspiraban a un trabajo en algunas de sus películas, generalmente coronadas por el éxito de público y crítica.

 Como Gangs of Nueva York, Pulp fiction, El paciente inglés, Tulip fever o Shakespeare enamorado cuya protagonista, Gwyneth Paltrow, fue de las primeras en denunciar el acoso sexual. Fueron decenas de mujeres durante muchos años, que callaron ante el temor de ir a una lista negra que las dejaría sin trabajo. Y en otros casos su silencio fue comprado por Weinstein.

Las revelaciones fueron producto de un ejemplar trabajo de periodismo de investigación. Aunque The New York Times publicó un primer artículo el 5 de octubre, el reportaje que expuso públicamente el sexismo y la hipocresía de este Hollywood progre de las buenas causas, apoyo financiero de los demócratas, fue el que publicó Ronan Farrow en The New Yorker del 23 de octubre. 

 La venganza de la historia. Porque Farrow es el hijo de Mia Farrow y Woody Allen, cuya infancia fue destruida por la separación ignominiosa de Woody Allen por su relación con la hija adoptiva de 17 años, con la que acabó casándose. El resentimiento de Ronan subió de intensidad cuando una hermana suya reveló que Woody Allen la molestó sexualmente cuando tenía siete años.

Pero ¿qué tiene que ver esto con Weinstein, aparte de formar parte del patrón general de acoso? Mucho. Porque fue Weinstein el que rescató a Allen del ostracismo en que cayó tras el episodio, financiando Café Society la película con la que volvió a la escena cinematográfica (aparte del bodrio patrocinado por Barcelona). 

Ronan juró venganza y su forma de hacerlo fue destruir la imagen pública de quien había rescatado a su padre. Lo consiguió. Weinstein, que se ha recluido en Arizona para tratamiento psicoterapéutico, nunca volverá a producir cine. E incluso puede ir a la cárcel por violación, tras el testimonio de Paz de la Huerta. Su caída hizo posible que centenares de mujeres sometidas a similares abusos pudieran denunciar a sus acosadores sin temor a represalias. 

Y no sólo mujeres, porque hombres también han sido objeto de similares acosos (hasta ahora homosexuales que se sepa). En particular por Kevin Spacey, ese actor que nos fascina a la mayoría, y que ahora ha sido despedido por Netflix, que también ha cancelado la exitosa serie House of cards de la que era protagonista. Y al abrirse la veda, han ido siendo implicados algunos hombres leyendas del cine como Dustin Hoffman. Y directores de gran éxito como Rayner, investigado por la policía.

 O el reciente Oscar Ben Affleck, acusado por Hilarie Burton. O el director de los estudios de Amazon. O el brillante periodista político Mark Halperin. O el editor jefe de la National Public Radio, Omske. O el director James Toback, que ha sido acusado por más de 300 mujeres, incluida Julianne Moore.

Es posible que estas cifras hagan sonreír a más de uno, envidiando la posibilidad. Y esa es precisamente la cuestión. La cultura milenaria de abuso sexual de mujeres (y de hombres cuando se tercia) está tan arraigada, que profundamente muchos hombres no le dan importancia, y la policía aún tiene tendencia a pensar que ellas han provocado y en cualquier caso exageran. 

No son palmaditas en la espalda y comentarios lascivos lo que contamina las relaciones entre seres humanos. Sino el ambiente de tensión sexual asimétrica en el que se desarrolla la cotidianidad de las mujeres, sobre todo en el trabajo.

Es esa normalización del abuso de poder llegando a la mayor humillación, la de perder el control de su cuerpo, lo que legitimó Trump en su campaña presidencial afirmando que era fácil tocarles el coño porque tenía poder. Esa fue la respuesta, ejemplarmente sincera, de Bill Clinton a la pregunta sobre la mamada de Monica Lewinsky en su despacho presidencial: 

 “Porque podía hacerlo”. Y es que la relación de poder es lo que explica el deseo del abuso y la posibilidad del abuso. Es el poder del macho heterosexual sobre los otros humanos. Arraigado en la historia y la cultura y protegido por la complicidad masculina de quienes ocupan puestos de autoridad.

Cierto que nuestras sociedades han cambiado, en España especialmente. Pero la persistencia de la violencia machista en el ámbito de la pareja es el vértice visible de una pirámide de abuso y acoso que es intersticial en todos los ámbitos de nuestras vidas. Contra esa práctica normalizada, apenas censurada por lo políticamente correcto, no hay leyes que valgan, aunque sean esenciales para invertir la tendencia. Lo esencial es un cambio de actitud de nosotros, los hombres.

 Pero como no tengo demasiada confianza en nuestra autorregeneración, porque nadie quiere perder un poder tan apetecible como el control del cuerpo de las otras, pienso que son las mujeres, con su conciencia y su valor, las que están transformando las relaciones de poder. Y son los reportajes de periodistas auténticos los que poco a poco van minando la moral de los que se creían por encima de toda sospecha. Por eso lo que está pasando en Hollywood tiene una extraordinaria significación, porque es la fábrica de imágenes e historias de las que viven muchas mentes.

 Y porque era una explotación sistemática del poder sexual machista como forma de vida, que ahora ha sido revelada y está imponiendo nuevas reglas de juego en los estudios cinematográficos y, más allá, en las empresas e instituciones de todos los ámbitos. Porque ahora los hombres tienen miedo."            (Acosadores acosados, de Manuel Castells, La Vanguardia, en Caffe Reggio, 11/11/17)

10/11/17

A «Ricardita» se la llevó sola el guardia Velázquez y la tuvo varios días encerrada en una casa de campo. La torturo y la sometió a un calvario...

"El 13 de agosto marcharon a la ocupación de la aldea de Jauja, otra pedanía de Lucena. Sus moradores, también dedicados plenamente a recoger los frutos de la tierra (sin tiempo para conspiraciones en cuarteles y sacristías), se vieron sorprendidos por el ciclón que les llegaba desde Lucena. 

Ningún desorden había ocurrido en Jauja, y además protegieron al párroco Ildefonso Villanueva, de modo que no había nada que reprochar a estos vecinos. Sin embargo, la ruina y el dolor cayeron sobre ellos. Muchos campesinos, hombres y mujeres, fueron detenidos. El cuartel y la Casa del Pueblo se convirtieron en prisión. 

Y más de 20 personas fueron asesinadas a manos de las «personas de orden». Mataron a dos mujeres (Rosalía Ruiz, de 52 años, y Ricarda Ana Cobacho, de 36). Mataron a los funcionarios Pedro Toledano y Ángel Reyes «Zaleones». A este último lo mataron en el cementerio de Badolatosa, y lo torturaron antes de morir.

 Ya hemos citado el caso del apodado «el Picaleta», al que torturaron en el cuartel de Lucena, logró zafarse de los verdugos y se suicidó lanzándose de cabeza contra una columna. En el Registro de Lucena constan 10 fusilados de Jauja. Otros 11 los ha identificado Arcángel Bedmar por encuestas familiares. Así acabó la vida pacífica de los campesinos de Jauja.

Conviene que nos detengamos en la tragedia sufrida por Ricarda Ana Cobacho Cañete «Ricardita», en la aldea de Jauja. Era una mujer culta, de 36 años, socialista como toda su familia. Tenían una tienda de comestibles y en los ratos libres hacía de maestra particular y de escribiente para la gente que necesitaba cualquier gestión administrativa. Sus cuatro hijos eran menores de edad (el mayor, Juan José, de 13 años).
 Era una mujer esbelta, agraciada, en un hogar feliz, como tantos otros hogares en aquella España rota por el golpe militar. A comienzos de la República se cruzó en su vida un personaje maldito, que empezó a enviarle notas amenazantes por su campaña para la construcción de una escuela en vez de un cuartel.
 Se trataba del guardia civil del puesto de Jauja Antonio Velázquez Mateo, de 33 años. Ella no se amilanó, se presento en la Comandancia de Córdoba y lo  denunció. El guardia desvergonzado fue trasladado a Málaga. 

Al estallar la sublevación de 1936, el guardia Velázquez no tardó en hacerse presente en Jauja, con gran preocupación para «Ricardita». Esta, como forma de conjurar el peligro, se trasladó a Córdoba y se alojó en una pensión durante dos meses. Sus hermanos, socialistas, también huyeron de Jauja. Los niños quedaron al cuidado del padre.
 Pero, a finales de octubre de 1936, «Ricardita» decidió regresar a Jauja, en mala hora. Mientras tanto, en Jauja estaban haciendo de las suyas el guardia Antonio Velázquez (convertido en jefe de los requetés) y el falangista Rafael Écija Carrasquilla «Seco Carrasquilla», de Lucena, que tenía tierras en Jauja. 
Entre ellos y algunos más sembraron el terror en la aldea. En cuanto «Ricardita» llegó a Jauja, el guardia Velázquez vio llegada la ocasión de la venganza y la hizo detener de inmediato, junto a su madre y su hermana, además de una amiga de la familia, Rosalía Ruiz Cobacho, de 52 años (cuyos hijos, también socialistas, estaban huidos de la aldea). Las pelaron y las torturaron en el cuartel durante cuatro días, al cabo de los cuales fusilaron a Rosalía en la puerta del cementerio. Era el 5 de noviembre de 1936.
 A «Ricardita» se la llevó sola el guardia Velázquez y la tuvo varios días encerrada en una casa de campo. La torturo y La sometió a un calvario. A los pocos días apareció su cuerpo en el arroyo de La Coja, semienterrada y destrozada. La encontró un conocido de la familia, Vicente Maireles Carrasco, y la acabo de enterrar. El marido enfermó y perdió la razón.
 Al hijo mayor, de 13 años, le dieron una paliza. Actualmente, los hijos de la víctima testifican que en los hechos participaron, además del Velázquez, otro guardia apodado «el Negro Gandul», y los requetés «el Cota» y «el Mono».

Francisco Moreno Gómez

El Juez Baltasar Garzón dedica íntegramente el punto decimoquinto de su famoso auto de la ‘Causa contra los crímenes del franquismo’ al caso Ana Ricarda Cobacho Cañete (págs. 97-117). Está disponible a texto completo en formato PDF en la web del diario ‘El Mundo’. (...)

Texto y enlaces facilitados por Florentina Rodríguez, nieta de Ana Ricarda Cobacho"    (Búscame en el ciclo de la vida, 05/11/17)

6/11/17

Encarnación Llorens Pérez, fue fusilada con su marido y su hijo de 24 años, uno al lado del otro... los franquista acababan de ocupar Barcelona, estaban sedientos de venganza, y decidieron ejecutar toda la familia

"Entre 1939 y 1952 los franquistas llevaron a cabo 3.358 asesinatos en Cataluña, 75% en 1939-40, de ellos 1.706 hombres y 11 mujeres en el Campo de la Bota de Barcelona. 

Tras el “enterado” de Franco, grupos de 20 personas eran fusilados por piquetes de la Guardia Civil frente a un un rompeolas, sin conocimiento de sus familias. Los cadáveres se arrojaban al Fossar de la Pedrera, en Montjuïc. En España las fosas están llenas de mujeres asesinadas por los franquistas, de noche, clandestinamente, tras la tapia de un cementerio.
 
Eran juicios ilegales sin garantías procesales, para eliminar al opositor político, vengarse del vencido, impartir terror a un pueblo que salía de una guerra, donde los rebeldes y golpistas habían sido los militares franquistas. En los consejos de guerra contra las mujeres se las acusaba de libertinas, de relaciones íntimas con compañeros o compañeras. 

En ocasiones pagaban por sus padres, maridos, hijos. A veces la denuncia de un vecino rencoroso, delaciones o bulos interesados, celos, venganzas personales, intereses económicos, desencadenaban la detención y el proceso.

Después de pasar por juicios llenos de irregularidades, procedentes de la cárcel de mujeres de Les Corts, fueron fusiladas en el Camp de la Bota por sus ideales republicanos, catalanistas, anarquistas:

Carmen Claramunt Bonet, natural de Roda de Berà (Barcelona). Fusilada el 18-4-39, con 28 años. Acusada de “Nefasta para el Glorioso Movimiento Nacional, propagandista de ideas izquierdistas, catalanistas, celebrar reuniones en su casa, delación de personas de derechas”.
 Claramunt escribió a su tía: “Se ha decretado la pena de muerte. Tú ya sabes que matan a una inocente “. La denunció una vecina, María Sallent, a quien habían asesinado los 2 hijos. Se cree que la tía de Claramunt quería dejar una tienda a su sobrina y la familia Sallent anhelaba el negocio.

Magdalena Nolla Montseny, natural de Astorga (León). Fusilada el 21-6-39 con 34 años. Fue una venganza personal ya que el marido había huido a Francia. Una vecina, que trataría de protegerse de Nolla porque tenía información que podía perjudicarla, la acusó de participar en el asalto del Asilo Duran, tejer ropa para los republicanos, abofetear a unas monjas, ser de ERC. Ella lo negó todo, la fusilaron sin ninguna prueba.

Dolors Giorla Laribal, natural de Barcelona. Fusilada el 21-6-39 con 27 años. Aunque los testigos la consideraban inocente, católica, incapaz de actos delictivos, había denunciado al marido para divorciase, un hombre de derechas, por tener amantes y por malos tratos. Fue condenada a muerte por ser “mujer de muy mala conducta, roja, separatista, afiliada a Esquerra Republicana”.

Eugenia González Ramos, natural de Hortaleza (Madrid). Fusilada el 11-5-39 con 20 años. Había trabajado como enfermera en el Hospital de Mataró y diferentes hospitales de la retaguardia republicana. La acusaron de pertenecer al PCE y al Socorro Rojo, a la UGT, y de haber matado un falangista, lo que negó ni se pudo demostrar.

Cristina Fernández Pereda, natural de Villasinde (León). Fusilada el 13-5-39 con 39 años. Era portera en Barcelona, casada, un hijo. Una profesión peligrosa, tras la guerra padecieron fuerte represión por sus supuestas implicaciones para identificar a posibles quintacolumnistas. Dos vecinas la acusaron de conducta depravada, de haber matado a un teniente y de denunciar a gente de derechas que más tarde fueron asesinadas. Nada pudieron probar, Cristina lo negó todo y afirmó que gracias a ella el propietario del edificio, donde hacía de portera, salvó la vida.

Ramona Peralba Sala, natural de Gironella. Fusilada el 16-5-39 con 35 años. Era tejedora. Tres mujeres la acusaron de haber revelado donde se ocultaba el hermano de una de ellas. Según los informes de la falange y la Guardia Civil era “propagandista del desnudismo, las ideas marxistas, extremista afiliada a CNT, delegada de la FAI en la sección textil de la fábrica Monegal. Sólo aceptó ser de la CNT.

Neus Bouza Gil, vecina del Poblenou. Fusilada el 26-4-39 con 22 años. Afiliada a la CNT. Delatada por un vecino, fue acusada de defender al gobierno Repúblicano, de ser miliciana de retaguardia en labores auxiliares (cocinando, lavando ropa) en el castillo “de las Cuatro Torres”, y aunque no se le conocía ningún delito de sangre fue acusada de participar en fusilamientos de derechistas sin aportar pruebas.

Virginia Amposta Amposta, natural de El Pinell de Brai (Tarragona). Fusilada el 8 de agosto de 1939 con 50 años. Fue una de las representantes de la Sección de Oficios Varios de la UGT donde representaba al Comité de Defensa y Control de Sant Vicenç dels Horts, de lo cual fue acusada, así como de realizar “propaganda disolvente siendo maestra de párvulos”, y de instigar el asesinato de 16 personas en Viladecans, donde actuaba como articulista en el boletín local de la CNT. Fue detenida con su compañero y también sindicalista Adolf Casé Pitarque, ambos fueron fusilados juntos.

Elionor Malich Salvador, fusilada el 8-8-39. 60 años. Era viuda, portera, la acusaron de denunciar a vecinos, se la conocía como la Roja y su propia madre declaró que “era de moral muy dudosa y que había vivido maritalmente con varios hombres”.

Asumpció Puigdelloses Vila, natural de Vic (Barcelona). Fusilada el 27-3-40 con 43 años. Casada.
Inés Giménez Lumbreras, natural de Madrid. Fusilada el 13-11-40 con 24 años. Era estudiante y soltera.

En diferentes poblaciones de Cataluña también fueron fusiladas otras mujeres. Se conocen estos casos:

Salvadora Catà Ventura, fusilada en el cementerio de Gerona el 25 de abril de 1939 con 37 años. Estaba casada, era lavandera. Se la acusó de haber matado a un joven requeté, ser del POUM, participar en el saqueo de iglesias, coser ropa para el ejército republicano, burlarse de los católicos.

Elisa Cardona Ollé, fusilada en Tarragona el 22 de abril de 1939 con 21 años, acusada sin pruebas de haber denunciado diferentes personas de derechas hospedadas en el Hotel Nacional de Tarragona, donde trabajaba. Siempre se declaró inocente.

María Martí Iglesias, fusilada en Lérida con 38 años. La acusaron de informar sobre un cura escondido. No se pudo demostrar, ella lo negó todo, en el informe se especificaba que era “mujer de malísima conducta”.

Concepción Guillén Martínez, fusilada en Lérida el 13-5-43 por participar en la “revolución” con su compañero, Juan Baeta Sánchez. Se la conocía con el apodo de la Leona.

Encarnación Llorens Pérez, fue fusilada con su marido y su hijo de 24 años, uno al lado del otro el 26 de abril de 1939, acusados de haber participado en el asalto al convento de la calle de Lauria, aunque no había pruebas. En esos días los sublevados acababan de ocupar Barcelona, estaban sedientos de venganza, y decidieron ejecutar toda la familia."                 (Documentalismo Memorialista y Republicano, 23/10/17)

3/11/17

El silenciado exterminio de Raqqa, el My Lai sirio

"El mundo se estremeció en noviembre de 1969 cuando el periodista Seymour Hersh reveló la masacre de My Lai (Vietnam): todos los seres vivos de la aldea habían sido aniquilados después de sufrir varios días de tortura y terror.

Y ahora ocultan al mundo las dimensiones de la tragedia que han causado a las gentes de Raqqa, mucho mayor que My Lai: 25.000 personas han sido atacadas por espadas, fusiles, bombas y misiles por dos grupos terroristas (Daesh y las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS)), dirigidas por EEUU y sus aliados. 

Raqqa no ha sido liberada, sólo ha pasado de la mano de un grupo terrorista a otro.

Mientras la prensa occidental acusaba de “crímenes de guerra” a Rusia por su intervención militar en Alepo, se ha quedad muda ante lo que Amnistía Internacional ha llamado “un laberinto mortal” y la ONU señala a la coalición liderada por Washington por “una asombrosa pérdida de vidas” de miles de bebés, ancianos, mujeres y hombres cuyos cadáveres putrefactos cubren las calles de la ciudad norteña de Siria.

La semana pasada, durante la supuesta liberación de la ciudad asediada de Raqqa -ocupada por los yihadistas en 2014-, el Pentágono (que no tiene ningún mandato legal para llevar a cabo ataques aéreos en Siria), ha utilizado dos armas especialmente terroríficas.

 Por un lado, el fósforo blanco, cuyo uso es ilegal, abrasa el cuerpo hasta el hueso y mientras se respira quema los pulmones. Por otro, los cohetes MGM-140B, que disparan alrededor de 274 granadas antipersonas, capaces de exterminar a cualquier ser vivo en un radio de 15 metros. ¡Así es como Trump hace “América Más Grande”!

EEUU, Israel y Arabia Saudí han acogido con gran satisfacción la expansión del Daesh en Siria, por debilitar al gobierno bassista de Asad en Damasco, ya que les ofrece lo que llaman algunas oportunidades estratégicas, sobre todo contra Irán.

El secretario de Defensa estadounidense James Mattis, apodado “perro rabioso”, ya anunció que el Pentágono estaba adoptando “tácticas de exterminio” en su campaña en Siria: “Las bajas civiles son una realidad en este tipo de situaciones”, dijo. Miles de civiles sirios no son más que “daños colaterales” de sus infames intereses, al igual que lo han sido en Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Yemen, Sudán y Somalia.

Durante los ataques, que han durado meses, los francotiradores de de ambos bandos han matado incluso a las personas que se rendían o las que intentaban huir por el Éufrates, hundiéndoles con sus barcos en el río. Mattis es el mismo general que organizó el asedio a la ciudad iraquí de Faluya, en 2004, matando a miles de civiles con balas, bombas, hambre y sed.

Mientras la coalición dirigida por EEUU rodeaba Raqqa desde el norte, este y oeste, dejó que los yihadistas del Daesh se escaparan desde el sureste para refugiarse en la provincia de Deir ez-Zour, y desde allí seguir luchando contra el Ejército sirio.

 Washington vuelve a hacer de bombero pirómano: deja que Daesh ocupe territorios sirios, para luego presentarse como fuerza liberadora, se apropia de los territorios que son su botín de guerra, utilizando a los kurdos y a los árabes como sus tropas terrestres. En 2016, John Kerry comentó que al avanzar Daesh, Asad se verá obligado a negociar, consiguiendo los objetivos político-militares que la OTAN no puede conseguir, en su Guerra-negocio sin fin.

¿Por qué Raqqa?

EEUU se apodera de otra ciudad de Siria, país donde por primera vez en su historia ha conseguido bases militares, gracias al colaboracionismo kurdo, que aun así afirman ser de izquierda.
Entre los motivos del Pentágono en ocupar esta ciudad:
  1. Adelantarse al Ejército sirio y a sus aliados ruso-iraníes para recuperar esta estratégica urbe.
  2. Anexionar Raqqa a sus territorios ocupados en Siria, y allí establecer una presencia militar permanente; ya ha empezado a instalar una nueva base militar en Tabqa. Por ello, los países de la OTAN se han apresurado en anunciar que a pesar de la derrota de Daesh, no abandonarán Siria.
  3. Raqqa será la capital de facto de las llamadas fuerzas moderadas sirias, convertida en el contrapeso del gobierno de Asad en Damasco. Situación que también han creado en países atacados como Libia e Irak, imponiendo dos gobiernos paralelos.
  4. Este ataque, que coincide con la invasión de Turquía a Idlib con decenas de tanques, garantiza la desintegración real de Siria.
Entre los objetivos de Trump en Irak y Siria no está luchar contra el terrorismo, sino consolidar la hegemonía de EEUU sobre una región con vastas reservas de petróleo en Oriente Próximo y neutralizar a dos principales obstáculos: Irán y Rusia, mientras el objetivo final es contener el avance de su verdadero rival, China.

La manipulación de la información sobre lo que está sucediendo en Oriente Próximo está impidiendo la formación de una oposición organizada en los países atacantes y un movimiento contra las crecientes guerras a nivel mundial."                (Nazanín Armanian, blogs, Público, 27/10/17)

31/10/17

Palos y corrientes eléctricas son las dos variantes más comunes de tortura en la cárcel de mujeres de Las Ventas. Muchas veces tienen un carácter gratuito y son la expresión de un odio feroz y de un sadismo rayando en la locura. Muchas veces tienen un carácter gratuito y son la expresión de un odio feroz y de un sadismo rayando en la locura

"Palos y corrientes eléctricas son las dos variantes más comunes de tortura. En general, las torturas están destinadas a “hacer cantar” a las victimas, a tratar de obligarles por estor procedimientos a denunciar a otros antifranquistas. 

Pero hay muchas veces en que las torturas tienen un carácter simplemente gratuito y son la expresión de un odio feroz y de un sadismo rayando en la locura.
He aquí algunos botones de muestra:

He estado hablando con Elena Cuartero. Elena, que tiene más de cincuenta años de edad, anda por la cárcel apoyándose penosamente en una silla que empuja ante si, ya que no posee las muletas que le serian indispensables. A cada paso que da, su rostro se crispa de sufrimiento y se muerde los labios para no gritar de dolor. Le rompieron la columna vertebral por tres sitios. Elena Cuartero, anarquista, está condenada a muerte.

- Varios policías me pegaron hasta cansarse – me explica. Destrozadita por los palos, me obligaron a subirme a una escalera de mano para limpiar una claraboya. Cuando estuve arriba, me quitaron la escalera. El resultado, ya lo ves. Los policías pretendieron que había intentado suicidarme. Sé que me matarán, que no me salva ni la Paz ni la Caridad, pero quiero que todo el mundo sepa lo que han hecho conmigo.

En otra galería se encuentra Nieves C. A esta mujer le hicieron numerosas incisiones en la vulva, con ayuda de una navajita le rociaron las heridas con vinagre y sal. Desnuda y a vergajazos, entre risotadas y obscenidades, la obligaron a correr, divirtiéndose al ver como andaba con las piernas muy abiertas. – Pareces una rana – le chillaban.

A una abuela de más de setenta años la obligaron a montar en bicicleta. La pobre anciana se caía una y otra vez, llenándose de contusiones. El suplicio continuó así hasta que le fracturaron un brazo.

A Maruja G. le pegaron sin cesar para que dijera el paradero de su marido, antifascista destacado. Hartos de pegarle sin resultado, la rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Uno de los policías, horrorizado, le echó encima una chaqueta y esto le salvó la vida, pero su cuerpo, sus manos y el cuello, no son más que costurones informes. Sus senos, sobre todo, no tienen forma humana. – Si algún día tengo un hijo – me dice con tristeza – jamás podré amamantarle. Maruja tiene veintitrés años.

Se han ensañado, sobre todo, con las mujeres embarazadas. A muchas de ellas las han hecho abortar a palos. “Lo echarás por la boca” – le gritaban a una mujer joven, en avanzado estado de gestación, mientras le propinaban numerosas patadas en el vientre. La mujer, Carmen P., abortó y desde entonces sufre de horribles dolores abdominales.

En cuanto a las corrientes eléctricas en las muñecas, en los dedos – “te vamos a regalar pulsera y anillos” acostumbran a anunciar a las victimas – en los órganos genitales o en los pezones, acompañadas de un buen cubo de agua para aumentar la potencia de la corriente, eso es cosa tan frecuente que seria imposible citar todos los casos.

Mercedes Núñez Targa

Cárcel de Ventas, 1967"             (Búscame en el ciclo de la vida, 26/10/17)   

Obligaron a bailar a las enfermeras, las desnudaron, las violaron, les obligaron a cavar su propia fosa y después les dispararon

"(...) Para contar esta historia hay que remontarse a los inicios de la Guerra Civil. Tras el levantamiento militar de julio de 1936, la ciudad de Oviedo se declaró partidaria de los rebeldes mientras los grandes núcleos urbanos que se extendían por sus alrededores —Gijón, Avilés, las cuencas mineras— mantuvieron su lealtad a la República. Eso hizo que la contienda, en Asturias, consistiera en una larga marcha sobre la capital. 

Dentro del cerco que sobre ella establecieron los milicianos en un primer momento, en la periferia ovetense, se encontraba el hospital psiquiátrico de La Cadellada. La línea que separaba las dos zonas del frente estaba tan próxima al centro sanitario que algunos trabajadores dejaron de acudir a sus puestos ante la imposibilidad de traspasarla a diario. 

El 13 de octubre los combatientes republicanos consiguieron tomar el hospital, pero tuvieron que abandonarlo cinco días después, a resultas de una contraofensiva de sus adversarios. Se llevaron con ellos a los enfermos que no habían sido recogidos por sus familias y a los trabajadores que permanecían en el centro, algunos de ellos reincorporados cuando el equipamiento se resituó en zona republicana y, según parece, bastante comprometidos con la defensa de la legalidad vigente. 

En Gijón, convertida provisionalmente en capital de la provincia al encontrarse Oviedo en manos de los sublevados, decidieron que la mejor solución pasaba por trasladar a médicos, profesionales y enfermos a un lugar apartado en el que pudieran mantenerse a salvo. Eligieron para tal fin el monasterio de Santa María de Valdediós, que entonces desempeñaba las funciones de seminario diocesano y había sido abandonado al inicio de la contienda.

Parece que, durante una larga temporada, la vida allí fue plácida. Los médicos y el personal de enfermería se instalaron en las dependencias del propio convento y en los pueblos vecinos. Los internos ocupaban las celdas del convento. Los hijos de los empleados acudían a una escuela cercana. Algunas fuentes creen que no toda la plantilla se mantuvo estable y hubo profesionales que se incorporaron más tarde y otros que sólo permanecieron allí un tiempo. 

También se cree que al monasterio llegaban personas que no poseían ningún trastorno psíquico, pero necesitaban esconderse o curar las heridas sufridas en los combates del frente. Mª Paz Pérez, hija de uno de los trabajadores, recordaría muchos años después que hasta allí llegaron heridos procedentes de los hospitales instalados en la zona de Covadonga. 

La vida transcurrió con relativa tranquilidad hasta que en octubre de 1937, aproximadamente un año después de la mudanza, comenzaron a llegar noticias desalentadoras. Las tropas franquistas avanzaban y la defensa republicana apenas existía. El desenlace era tan inminente como irreversible: el día 20 el Consejo Soberano de Asturias y León ordenó la evacuación republicana a través del puerto de Gijón, ciudad que los rebeldes tomarían bajo su mando al día siguiente.

La noche feroz

Por aquellas fechas hubo profesionales del hospital que optaron por huir, debido al miedo que tenían a las posibles represalias. Otros se quedaron porque pensaban que, al fin y al cabo, no habían hecho más que cumplir con su obligación de funcionarios dependientes de un Gobierno legítimo. 

Los primeros temores fundados aparecieron el 22 de octubre, cuando hacia las tres de la tarde llegaron a Valdediós los soldados del IV Batallón Arapiles 7, perteneciente a la 6º Brigada Navarra, bajo la tutela del comandante de caballería Emilio Molina y acompañados por un capellán. Celebraron una misa y luego se acomodaron en el monasterio. Estaban allí para quedarse. La convivencia, pese al estupor inicial y contra todo pronóstico, se desarrolló con normalidad. 

Los soldados respetaban a los trabajadores y a los enfermos. Dada la cordialidad imperante, hubo quienes se confiaron y llegaron a albergar la esperanza de que los militares sólo quisieran asegurar el control del psiquiátrico. Para su desgracia, no tardarían demasiado en percatarse de su equivocación.

El 27 de octubre se presentó en el monasterio un hombre vestido de negro, cuya identidad jamás pudo verificarse, que hizo entrega de una lista al mando del batallón. Éste, tras leer en voz alta los nombres que figuraban en ella, detuvo a cinco personas, que fueron trasladadas a la cárcel de Villaviciosa, y mantuvo confinado en el cenobio a otro grupo. 

 Por la tarde, alguien ordenó a las enfermeras que preparasen una cena que habrían de servir a los soldados en una dependencia conocida como la sala de física, seguramente debido a las lecciones que allí se impartían cuando el monasterio funcionaba como seminario. Fue en ese espacio donde se desencadenó el horror. Esa noche los militares, avivados por el alcohol y la impunidad, obligaron a bailar a las enfermeras, las desnudaron, las violaron y, por último, las condujeron junto a otros compañeros del psiquiátrico a un terreno situado a espaldas del monasterio y conocido en aquellos lares como el prau de don Jaime

Allí les obligaron a cavar su propia fosa y después les dispararon. Unas horas después, con la del alba, el batallón abandonaba Valdediós. En una casa próxima al cenobio vivía Anita Rodríguez, entonces una niña, que aquella misma mañana bajó con su padre para averiguar el porqué de los gritos que habían podido escuchar durante la noche. Se encontraron la tierra movida y vieron cómo sobresalían entre el barro las extremidades de los muertos.

 Los verdugos ni siquiera se habían preocupado de enterrarlos decentemente. Su padre fue expeditivo: "Esto no puede quedar así". Regresó con una pala y los cubrió. El relato a media voz de cuanto había ocurrido aquella desgraciada noche en Valdediós se propagó por la comarca. Los niños de la zona dejaron de ir por allí a coger castañas.

Algunos años después, en torno a 1965, Anita se encargaba de enseñar el monasterio a los turistas y recibió a un visitante que, tras recorrer con ella el edificio, le pidió expresamente que le enseñara la sala de física. Cuando estuvieron en ella, el hombre se derrumbó y le confesó que él había sido uno de los soldados participantes en la matanza y que el horror de aquel aquelarre sangriento no había dejado de perseguirle desde entonces.

 Fue ése el eco más notable de una historia que en Asturias se fue transmitiendo entre susurros hasta bien entrada la democracia. A instancias de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, la fosa de Valdediós fue excavada en julio de 2003.

 Se hallaron en ella diecisiete cuerpos. Menos de los que contaban los pocos testigos que habían podido dar cuenta del suceso —decían que habían sido asesinadas allí más de treinta personas—, pero suficientes para constatar el alcance y la arbitrariedad de la matanza. 

El antecedente de Somiedo

A la hora de relatar la historia de Valdediós siempre surge una pregunta inevitable: ¿por qué? Si bien la lógica de la guerra aporta una explicación plausible para el episodio de la lista y las detenciones realizadas tras su lectura —seguramente a personas que tenían a sus espaldas una marcada trayectoria política o sindical—, resulta verdaderamente terrible, por lo crudo y por lo inverosímil, el final que se les reservó a unos trabajadores que se habían limitado a cumplir con su deber. 

Sin embargo, esa misma lógica belicista no suele estar reñida, aunque resulte paradójico, con parámetros meramente irracionales, y es posible rastrear las razones de la masacre de Valdediós en otro hecho acaecido también en Asturias, en este caso entre las montañas suroccidentales, y que, en estremecedor paralelismo, tuvo como involuntarias protagonistas a tres enfermeras que prestaban auxilio a los heridos en la zona franquista.

Se llamaban Pilar Gullón, Octavia Iglesias y Olga Monteserín. Fueron enviadas desde Astorga al frente de Asturias en los primeros compases de la Guerra Civil y se las destinó a un pequeño hospital de campaña habilitado en los alrededores de Pola de Somiedo. Ni ellas ni el médico quisieron huir cuando los republicanos tomaron el puesto. 

Los milicianos apresaron a las tres mujeres y las violaron durante la noche. Al día siguiente fueron fusiladas por tres milicianas que se habrían ofrecido para tal fin. De todo ello se responsabilizó a Genaro Arias, líder minero de la UGT y jefe de las milicias de la zona. Las semejanzas con el caso de Valdediós saltan a la vista, pero causan escalofríos, de tan evidentes, si se presta atención a las fechas: las enfermeras de Astorga fueron capturadas, vejadas y asesinadas entre el 27 y el 28 de octubre de 1936, justo un año antes de que el batallón Arapiles ejecutara su matanza en el monasterio.   (...)

Las enfermeras de Somiedo recibieron sepultura en la catedral de Astorga, donde aún hoy se veneran sus cuerpos, a los que el régimen incorporó desde el primer minuto el apelativo de "mártires". Se encuentran, actualmente, en proceso de beatificación.

 Los muertos de Valdediós, ya se ha apuntado, permanecieron durante décadas hacinados en la misma fosa común donde cayeron tras los disparos sin que nadie se aviniera a desempolvar su recuerdo hasta que la entrada del nuevo siglo impulsó la recuperación de lo que se ha dado en llamar memoria histórica. Junto al lugar donde estuvieron, al pie del prau de don Jaime, se levanta en nuestros días un monolito esculpido por el artista Joaquín Rubio Camín. 

Un tímido cartel anuncia, al lado del aparcamiento dispuesto para los turistas, que a través de un camino de tierra que discurre entre castaños se llega al lugar del enterramiento. Allí reposaron en el olvido, durante casi setenta años, Claudia Alonso Moyano, Luz Álvarez Flórez, Rosa Flórez Martínez, Urbano Menéndez Amado, Emilio Montoto Suero, Soledad Arias Menéndez, Antonio Piedrafita García, Oliva Fernández Valle y David Cueva Rodríguez. 

Otros no han podido ser identificados con certeza, aunque bien pudiera tratarse de Casimiro García, Antonio González, Antolín González, Consuelo Iglesias, Julita Menéndez, Soledad Menéndez, Pilar Quirós, Manuel Vallina o Francisco Vázquez, todos ellos trabajadores de La Cadellada cuya pista se perdió tras la caída de Asturias. 

Nunca hablan de ellos los guías del monasterio. Seguramente tampoco los mencionen las carmelitas samaritanas del Corazón de Jesús que desde junio de 2016 ocupan el cenobio y que el pasado 19 de julio compartían en las redes su alborozo durante una simpática excursión al Valle de los Caídos. La memoria, ocho décadas después de aquellos sucesos, sigue sin ser siempre ecuánime. 

Por eso es de justicia que, al menos de vez en cuando, alguien recite esos nombres que estuvieron demasiado tiempo sin pronunciarse y que algunos habrían preferido borrar aquella noche lejana en que el mismísimo demonio usurpó el valle de Dios."                (Miguel Barrero, CTXT, 27/10/17)

30/10/17

El amor, la pérdida, la culpa y la redención... camino de Auschwitz




"Mi abuela Lea alguna vez me contó una historia sobre la mujer que vivía al lado suyo en Tel Aviv, que fue capturada por los nazis en Bélgica y tuvo que tomar una decisión impensable para salvarse. Nunca la olvidé y ahora me complace compartirla con ustedes en este documental de opinión.

Desde que era adolescente estaba familiarizado con muchas historias del Holocausto. Mi abuelo sobrevivió los horrores de los campos y sus historias son parte de la narrativa que comparte toda mi familia.

Pero la historia de esta mujer se sentía como algo distinto. Su dolor y su horror estaban entrelazados con el amor, la pérdida, la culpa y la redención, y el epílogo era extraordinario. Muchos años después, cuando me volví documentalista fílmico, decidí averiguar si esta mujer seguía viva.

Lo estaba. Klara tenía 92 años y aún vivía en el mismo departamento en Tel Aviv. Tomé un vuelo para verla la siguiente semana y le pedí que me contara la historia que me había relatado mi abuela, en sus propias palabras.

Nos sentamos en su sala, la cámara comenzó a grabar y comenzó. Era astuta, graciosa y generosa y, aunque estaba viendo hacia la oscuridad para recordar tiempos difíciles, nunca calló. Cuando terminó parecía estar vaciada; por primera vez se veía tan anciana como su edad sugería.

Me conmovió, incluso me transformó, pero le dije que sentía haberla hecho revivir esas memorias y sentimientos. No sé por qué me perdonó, pero dijo que estaba feliz de que la había ido a ver.

Durante toda mi vida, el Holocausto ha sido uno de los temas que más han definido a Occidente. Casi tres generaciones después, la mente todavía batalla para encontrarle un sentido a lo que sucedió. Pero hay un mandamiento, un atisbo de respuesta lógica, que todos los que sobrevivieron parecen compartir: nunca hay que olvidar.   (...)"               (

26/10/17

El silenciado genocidio cordobés

"En Córdoba capital se fusilaron unas 7.000 víctimas, 100 personas diariamente, cada 3 o 4 horas, sin parar, de forma indiscriminada. Empezaban a las 3 de la mañana y los siguientes morían en el charco de sangre de los anteriores. 

Llegaba la mañana y continuaban ante los ojos atónitos de los vecinos. Las víctimas eran arrojadas a fosas comunes en los cementerios de La Salud y San Rafael. El exterminio comenzó con personalidades del Frente Popular, después se extendió con los fusilamientos en masa, y luego un vendaval de sangre espeluznante sumió en el pánico a toda la población, en los conocidos paseos del cortijo de El Telégrafo, carretera de Almadén, cuesta de Los Visos y en Alcoloea. 

Murieron concejales, ferroviarios, maestros, médicos, ingenieros…y muchos intelectuales. De los 75 municipios cordobeses, 48 cayeron en manos de los golpistas, que realizaron más de 11.581 fusilamientos, entre los que hay que recordar el alto número de mujeres, entre ellos el triste caso de la periodista francesa Renée Laffont.  

Se fusilaba a personas anónimas, no aparecen en ningún registro, están desaparecidos, hay al menos, 4.000 personas asesinadas y enterradas sin identificar en las fosas comunes de La Salud y San Rafael, y sus familiares están muertos o exiliados. Mas de 80 años después de la masacre solo existe un listado que corresponde a 2.311 víctimas. 

A las cifras anteriores hay que añadir 1.600 represaliados en la posguerra, 220 exterminados en los campos nazis, unas 4.500 personas desaparecidas que aún reposan en fosas comunes a lo largo de la provincia.

 En las cárceles de la capital murieron 750 presos, hacinados en condiciones durísimas, insalubres, sin médicos, la alimentación era deplorable, los muertos se amontonaban en los pasillos, el olor era insoportable.
 
La represión franquista en Córdoba fue un auténtico genocidio preventivo, sin escrúpulos ni miramientos. El ejecutor fue el teniente coronel Bruno Ibañez, enviado ‘con carta blanca’ por el general Queipo de Llano; la masacre creció tras la visita de éste y del general Varela. Las derechas prepararon el alzamiento con meses de antelación, campañas de violencia callejera incluida, para promover la inestabilidad política y poner así a su favor al cuartel africanista, al casino latifundista y a la sacristía ‘cómplice e integrista’. 

Los fascistas mataron premeditadamente en todas partes, durante muchos años, de manera programada y ciega, en caliente y en frío. La horrible carnicería estaba programada para realizar una eliminación selectiva y sistemática del enemigo, un auténtico plan de “crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad”.    (...)

Nunca se conocerán las cifras exactas porque el franquismo empleó todos los métodos posibles para borrar la huella de sus crímenes mediante la desaparición física, documental, histórica, la aniquilación de la memoria de lo ocurrido. Solo se inscribió un tercio de la matanza, el resto quedó desaparecido. El régimen franquista llegó a prohibir el luto a los familiares que estaban obligados a esconder su tragedia para poder sobrevivir.
 
En su avance por numerosas comarcas rurales andaluzas, las tropas rebeldes procedieron a la brutal aniquilación de numerosos integrantes de las clases medias reformistas o sectores populares izquierdistas, una represión selectiva contra los dirigentes de los sindicatos, partidos de izquierda, difusores de ideales democráticos y republicanos, jornaleros y campesinos izquierdistas.

 Los franquistas persiguieron, encarcelaron, ejecutaron masivamente a enemigos políticos mediante la implantación de una situación de auténtico terror, para borrar definitivamente toda idea encaminada a la recuperación o reconstrucción de un modelo de convivencia política de carácter democrático.
En poblaciones de gran envergadura, tales como Baena, Bujalance, Castro del Río, Peñarroya, Baena, Pedroches, Fuenteobejuna o Pozoblanco los tribunales y juzgados militares ordenaron miles de fusilamientos. 

Como consecuencia, en la provincia hay mas de 90 fosas comunes, muchas clandestinas como las descubiertas en Aguilar de la Frontera, otras en los municipios de Baena, Belmez, Lucena, Villafranca, Torrecampo, Pedro Abad, Espiel, Doña Mencía, Peñarroya, El Carpio, Bujalance, Santaella, Puente Genil, Villanueva. 

En la Córdoba rural, la virulencia de los consejos de guerra prosiguió tras la victoria, y durante los años 1940-41 se liquidaron a muchos republicanos políticamente significados. El nuevo Estado franquista continuó reprimiendo mediante cárceles, campos de concentración, tribunales especiales, requisos, humillaciones, nuevas ejecuciones. Eliminados los elementos más ‘indeseables’, la dictadura y sus hombres se centrarían en doblegar las esperanzas y destinos de los vencidos. (...)

 El sufrimiento, la marginación, la represión y el terror con el que tuvieron que vivir a lo largo de 40 años los hijos y familias de los asesinados, desaparecidos y perseguidos, el miedo con el que crecieron, su lucha por la supervivencia en una dictadura en la que vivían amenazados, obligados a guardar silencio, a esconder sus historias, a no manifestar dolor, ni pena.

No se podía llorar a los muertos, no se podía hablar de ello, el miedo lo invadía todo, hay personas que siguen traumatizadas sin que se les haya hecho justicia ni curado sus heridas. (...)"           (Documentalismo Memorialista y Republicano, 11/10/17)

25/10/17

Se produjo venganza eclesiástica porque los nuevos Gestores del Frente Popular habían declinado participar anteriormente en la procesión autorizada del patrono del pueblo

"(...) Las elecciones municipales de 1936, permitieron por vez primera en la historia de Villanueva, que jornaleros entraran a dirigir el ayuntamiento, ante el estupor y resentimiento de los regidores habituales a los que sustituyeron y que se consideraban vitalicios, los grandes propietarios agrícolas. 

Las Comisiones Gestoras del Frente popular en medianos y pequeños municipios, querían impedir el boicot a la legislación social republicana por las derechas y caciques: Jornada máxima de 8 horas, salarios mínimos determinados por las “Bases de Trabajo”, o “Términos municipales”, estableciendo la preeminencia de contratación de los vecinos del pueblo. 

La Comisión de Villanueva se propuso sanear las cuentas municipales recaudando impuestos pendientes de los años 1934 y 35, diseñó un programa político para traer fluido eléctrico, la conversión en regadío tierras de secano, y medidas para combatir el paro.

El 18 de julio de 1936 los golpistas desencadenaron una represión generalizada contra el Frente Popular, en Valladolid, deteniendo a miles de Republicanos, entre ellos el gobernador civil, Luis Lavín, que sería fusilado un mes después y el general Molero Lobo, jefe de la 7ª División con sede en la ciudad, que sería juzgado y condenado a muerte.

 En toda la provincia, la resistencia a los sublevados fue escasa y débil. Los insurgentes decidieron eliminar a todos los cargos públicos y militantes y simpatizantes del Frente Popular y sindicatos. No hubo venganzas en caliente o descontrol en la represión, los jefes militares elaboraron listas, controlaron detenciones, asesinatos, e inhumaciones clandestinas. En Villanueva de San Mancio, fueron arrestados varios vecinos, jornaleros, entre ellos 6 miembros de la Comisión Gestora del Frente Popular que regía el ayuntamiento.

El 13 de Agosto, 12 detenidos fueron maniatados y transportados en un camión hasta Castil de Vela (Palencia). Allí, junto a un arroyo llamado “Las Porcachas”, fueron tiroteados y rematados a muerte. Uno de ellos, Ángel Ruiz, pudo huir, volvió malherido a Villanueva pero un cura le denunció, y nuevamente detenido fue asesinado horas después junto a Antolín Sánchez, y enterrados en lugar desconocido.

 Los 11 asesinados en Las Porcachas fueron trasladados a una fosa común en el cementerio de Castil de Vela, registrados como “fusilados por las milicias de defensa nacional”. Ese 13 de agosto los 2 curas del pueblo desoyeron las llamadas para que intercedieran en impedir los asesinatos de sus convecinos. Se produjo venganza eclesiástica porque los nuevos Gestores del Frente Popular habían declinado participar anteriormente en la procesión autorizada del patrono del pueblo.

Se impidió a las esposas de los asesinados que buscaran a sus maridos, amenazadas de correr la misma suerte. El nuevo régimen sometió a los supervivientes de las familias afectadas, esposas, hijos, amigos, compañeros, a un terror extremado para crear una sociedad nacional-católica 100% conforme al ideal social de los vencedores.

 Quedaron destruidos, sin recursos, culpabilizados, sin voz, no bastaba los asesinatos de esposos, padres e hijos, soportaron una larga travesía de penurias, malos gestos, requisamientos, segregación, adoctrinamiento ideológico y religioso, etc. El silencio impuesto no implicó el olvido, pero la ocultación de la historia familiar por las viudas fue la única forma de supervivencia para proteger a los hijos.

 Tuvieron que convivir con los asesinos, instigadores, cómplices. Las viudas trabajaron duramente para criar a sus hijos, que tuvieron que abandonar la escuela para trabajar, los varones en el campo, las mujeres sirviendo, a veces, en casas de los verdugos. Muchos emigraron de Villanueva, pero la pesadilla les acompañaría siempre. (...()"               (Documentalismo Memorialista y Republicano, 18/10/17)

24/10/17

Pedro Patiño falleció a causa de un disparo por la espalda de la Guardia civil la mañana del 13 de septiembre de 1971 en un camino de la carretera de Villaverde a Leganés, cuando formaba parte de un piquete de la huelga de la construcción

"Pedro Patiño Toledo, albañil, padre de dos hijos pequeños, militante del PCE y sindicalista de Comisiones Obreras, nació en 1937 en La Puebla de Almoradiel (Toledo). Creció sin su padre, ejecutado por el franquismo extrajudicialmente. Su madre fue condenada a la pena de muerte que más adelante le sería conmutada. 

Vivió, como tantos niños y jóvenes de «este país de todos los demonios», marcado por el estigma de ser hijo de rojo. A los dieciséis años emigró de su pueblo con destino a Getafe para trabajar en la construcción.

En 1959 él mismo tuvo que sufrir las consecuencias de un Consejo de Guerra. Acusado del delito de rebelión militar, fué condenado a un año de prisión por imprimir propaganda clandestina en una multicopista. Doscientos ejemplares que decían: «Por una vida más digna, por un salario mínimo vital de 100 pesetas con escala móvil».

Encarcelado varias veces por su militancia, en 1962 fue procesado por pertenecer al Partido Comunista y declarado en rebeldía.  Se refugió en Francia, donde permaneció seis años. En el exilio conoció a su esposa y ambos tomaron la decisión de regresar a España.

El 13 de septiembre de 1971 se iniciaba una huelga en la construcción convocada por Comisiones Obreras, entonces sindicato ilegal. Pedro Patiño salió de la casa familiar alrededor de las siete de la mañana. Ese día no tenía que ir al tajo. Junto con otros compañeros se desplazó a las obras de Leganés para distribuir octavillas animando a secundar la huelga. 
 «Compañeros se acerca la hora de la lucha. Del 13 al 20 de septiembre huelga general de la construcción, ¡todos a una, compañeros, para sacarle nuevamente de la cárcel y conseguir nuestros derechos!». A quien había que sacar de la cárcel era a Francisco García Salve, el cura Paco.

Al finalizar una de estas visitas, poco antes de las nueve de la mañana, un coche-patrulla de la Guardia Civil se paró junto a ellos. Cuatro agentes armados les rodearon y uno de nombre Jesús Benito Martínez disparó su fusil hiriendo a Pedro Patiño. 
Tras unos segundos de confusión los compañeros intentaron socorrer a Pedro que yacía en el suelo. Siguiendo instrucciones de la Guardia Civil, lo introdujeron en el vehiculo de los agentes, donde pocos minutos después falleció. Trasladado a la Clínica San Nicasio de Leganés, un médico certificó la muerte.

Su esposa Dolores se enteró del asesinato de su marido varias horas después por una nota de la Dirección General de Seguridad que decía: 
«Sobre las nueve horas del día de hoy, cuando la dotación de un coche patrulla de la Guardia Civil, compuesta por el conductor y tres números, se hallaba prestando servicio en la zona comprendida entre Villaverde y Getafe, observaron a cuatro individuos difundiendo propaganda ilegal en una obra que se realiza cerca del kilómetro 3,3 de la carretera de Leganés a Villverde. La dotación del citado coche-patrulla se bajó del vehículo para perseguir y detener a los aludidos individuos, y al intentar la detención de uno de ellos, Pedro Patiño Toledo, nacido en Puebla de Almuradiel, Toledo, de 33 años, con domicilio en El Escorial, éste se abalanzó sobre un guardia civil, al que agredió e intentó desarmar, y en el forcejeo se disparó el arma, alcanzando al referido Pedro Patiño, que resultó gravemente herido, falleciendo durante el traslado al hospital.»

Esa misma noche las autoridades represivas se personaron en el domicilio de la familia Patiño para efectuar un registro. Fue entonces cuando Dolores pudo saber que el cadáver de su marido se encontraba en el Hospital militar Gómez-Ulla de Carabanchel, donde había ingresado a las once de la mañana.
 «Me llevaron al hospital Gómez Ulla para reconocer el cadáver. Entré en la morgue. El cuerpo estaba cubierto por una sábana. Tenía la esperanza de que no fuera él. Le destapé. Sólo llevaba puestos los pantalones. Todavía tenía los ojos abiertos. En su pecho no había ningún rastro de sangre. Supe que le habían disparado por la espalda».  (...)
  La prensa española apenas se hizo eco de la noticia. La prensa extranjera, que si divulgó el suceso, informó que Pedro Patiño murió de un balazo en la espalda. El cuerpo sólo presentaba un oríficio de entrada en la espalda.

Muchos fueron los que se resistían a creer que el trabajador se hubiese lanzado contra un agente que se le acercaba con el arma en la mano. El abogado de la familia, Jaime Miralles, solicitó la entrega del cadáver para realizar una segunda autopsia, así como una investigación sobre las causas exactas de la muerte. Treinta y cinco abogados madrileños se unieron a esta petición, pero no pudo ser. Dos días después Dolores fue informada de que el cuerpo de su marido se encontraba en el cementerio y había que enterrarlo cuanto antes.

Bajo un fuerte contingente de agentes de la Guardia civil y numerosos asistentes, que secundaban la petición de una segunda autopsia exigida por la familia, el cuerpo de Pedro Patiño fue depositado en un nicho mientras que un capitán de la Guardia civil ordenaba el uso de la fuerza contra los asistentes, causando casi una docena de heridos.

Los tres compañeros que repartían propagando junto a Pedro Patiño aquel 13 de septiembre fueron condenados por el Tribunal de Orden Público por un delito de «propagandas ilegales» a dos años de prisión y multa de diez mil pesetas.

El agente de la Guardia civil que disparó contra Pedro Patiño nunca fue juzgado.

El asesinato de Pedro Patiño continua impune."                  (Búscame en el ciclo de la vida, 12/09/17)