18/1/18

Defensa se desentiende de la fosa con cien militares fusilados por Franco al mantenerse leales a la República

"El Gobierno quiere zanjar y olvidarse de la fosa de los militares en San Fernando (Cádiz). El Ministerio de Defensa no asume "competencia ni responsabilidad alguna" en el caso, según la respuesta que ha dado el Ejecutivo a Unidos Podemos a una pregunta parlamentaria presentada tras la publicación en eldiario.es de la existencia de este enterramiento. (...)

Familiares de estas víctimas del franquismo tampoco opinan igual que Defensa. "Le pido a Cospedal que dé valor a unos militares que obedecieron al Gobierno que les nombró y cumplieron con su labor" al no acatar la rebelión armada, declara Rosa María de Sancha, nieta de Manuel de Sancha Morales, Comandante en Jefe de las tropas de Infantería asesinado y arrojado a la fosa isleña. "Ojalá lo hicieran y sería un orgullo", dice, "porque ese es el valor que tienen los militares, ¿no?, estar a la orden del Gobierno que salga, como ahora está el PP".  (...)

Militares opuestos al "glorioso Alzamiento Nacional"

El regate de la cartera dirigida por María Dolores de Cospedal revela "una actitud muy diferente a la que tomaron con el caso de Sanjurjo, por ejemplo", señala Delgado Ramos. En aquel caso el militar golpista acabó siendo enterrado "con honores" en el Panteón de los Héroes del cementerio de Melilla tras su exhumación obligada en Pamplona. (...)

El enterramiento ilegal está siendo intervenido como una más de las actuaciones emprendidas desde la Dirección General de Memoria Democrática de la Junta de Andalucía. Ya han aparecido los restos óseos de entre 24 y 26 ejecutados, todos con muestras de muerte violenta.

Diez de ellos han sido exhumados y el estudio antropológico y los análisis genéticos determinarán, o no, su identidad. La asociación memorialista local, responsable de los trabajos arqueológicos, requería hace escasas fechas nuevos permisos "y más implicación de las administraciones" para continuar con la excavación cerca de los nichos donde avanza una de las fosas. (...)

"Mi abuelo está ahí, en la fosa"

"Mi abuelo sabemos donde está, ahí, es el sitio exacto". Rosa María de Sancha está a pie de fosa y señala el enorme agujero excavado en el cementerio de San Fernando. La tierra gaditana enseña restos óseos de varios ejecutados. "¿Leales a la República? Por supuesto", cuenta. Porque Manuel, su abuelo, " no sacó las tropas a la calle y no declaró el Estado de Guerra" como requerían los rebeldes.

Por eso fue "arrestado, encarcelado y después asesinado". Y por ello ella y su familia siguen buscando sus restos. Manuel "fue fusilado el 28 de agosto [del 36] y ese tiempo y el anterior [tras el golpe de Estado] eran todos militares los que están ahí, todos".

En esas centenas de historias enterradas hay "casos de militares que son emblemáticos", narra el investigador Miguel Ángel Lopez Moreno. Como el capitán de Corbeta Virgilio Pérez Pérez o el propio Comandante Manuel de Sancha Morales. "Ambos tuvieron la valentía de oponerse abiertamente a la sublevación militar y acabaron dando su vida en el acto de permanecer leales al juramento que ofrecieron a la República", explica.  (...)

En la antigua Isla de León no hubo guerra civil. Como en gran parte del suroeste peninsular. Esta falta de resistencia republicana al golpe fascista no evitó el baño de sangre que en San Fernando dejó 204 víctimas de Franco. 

De estas, 108 eran miembros de la Armada opuestos al "glorioso Alzamiento Nacional" que permanecieron leales a la República. Andalucía busca los huesos. Sus familiares esperan darles un entierro digno. El Gobierno nacional, y Defensa, se desentiende del caso."        (Juan Miguel Baquero, eldiario.es, 11/01/18)

17/1/18

Franco robó para sí mismo, desde el primer momento, parte de las donaciones a la autodenominada causa nacional y que no tuvo reparos en revender alrededor de 600 toneladas de café donadas por Brasil para el pueblo español por una fortuna

"La muerte de Carmen Franco sitúa de nuevo la herencia de los Franco en el ojo del huracán. Ella fue la única heredera del dictador. La beneficiaria exclusiva del patrimonio que Francisco Franco acumuló durante la Guerra Civil, primero, y durante sus 36 años de dictadura, después. Una fortuna que arrancó con el golpe de Estado del 18 de julio y su matanza fundacional

El conocido como "exterminio suficiente". Desde entonces y hasta nuestros días los herederos del dictador disfrutan de una más que acomodada situación económica a pesar de que en una entrevista reciente concedida a El Mundo Carmen Franco se lamentara de lo caro que era mantener ciertas propiedades. 

El periodista y escritor Mariano Sánchez calcula en su libro Los Franco S.A. que la fortuna de los Franco debe rondar los 500 o 600 millones de euros gracias, sobre todo, a un importante número de viviendas e inmuebles. 

La misma obra describe cómo Carmen Franco y su marido Cristóbal Martínez-Bordiú disfrutaban en 1975, año en el que falleció su padre, de 22 propiedades. Entre ellas, el pazo de Meirás, el palacio del Canto del Pico (valorado entonces en 300 millones de pesetas), el enorme edificio de Hermanos Bécquer (donde ha fallecido), siete fincas rústicas y chalés repartidos en Guadalajara, Marbella, Puerta de Hierro, La Moraleja y hasta en Miami. El periodista Jesús Ynfante suscribió en la revista Posible que la fortuna de los Franco podía alcanzar los 100.000 millones de pesetas a finales de los 70.

Pero las riquezas de los Franco Martinez-Bordiú no terminaban ahí. La hija del dictador y su marido no conocían nada de la presunta austeridad que se le suponía a Franco. Su marido y ella comenzaron a ocupar cargos en los grandes consejos de administración del país en lo que parecía una comunión perfecta entre la dictadura franquista y los grandes capitales del país.  

De hecho, en la actualidad Carmen Franco aún mantenía diferentes cargos en 21 empresas y El Español recoge que la heredera del dictador era la administradora única de dos compañías que juntas superaban los 38 millones de euros.

¿Pero cómo han conseguido los Franco tal fortuna? ¿Debió la democracia investigar la millonaria herencia que dejaba el dictador? ¿Es legítimo que una familia disfrute de las propiedades que un dictador expolió? El prestigioso historiador Ángel Viñas denuncia en La otra cara del Caudillo que Franco filtró para sí mismo, desde el primer momento, parte de las donaciones a la autodenominada causa nacional y que no tuvo reparos en revender alrededor de 600 toneladas de café donadas por Brasil para el pueblo español por una fortuna. Asimismo, el dictador también recibía una gratificación mensual de 10.000 pesetas de Telefónica. 

Así las cosas, Franco en 1940 poseía en sus cuentas 34 millones de pesetas de la época (unos 388 millones de euros de hoy día según el método de conversión José Ángel Sánchez Asiaín) y el origen de ese dinero no puede encontrarse en los salarios que el dictador habría obtenido por parte del Estado antes de la Guerra Civil ya que su nómina mensual en 1935 era de 2.493 pesetas y en 1940, ya como dictador, percibía 50.000 pesetas anuales.

 "Ni ahorrando todos sus emolumentos como jefe del Estado y como capitán general, más la gratificación de Telefónica, es posible que Franco pudiera acumular los saldos bancarios de los que disponía en agosto de 1940", subraya el historiador.

Un dinero que comenzó a acumular gracias al golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936. Mientras sus tropas perpetraban el conocido como "exterminio suficiente"un plan de exterminio sistemático que llevó a cada localidad española su matanza particular, Franco llenaba sus bolsillos. Había que ser precavido. La guerra se podía ganar o perder, pero había que asegurar que tanto sacrificio había merecido la pena, al menos, para su familia. 

El historiador Francisco Moreno escribe en Los desaparecidos de Franco (Editorial Alpuerto) que el plan de exterminio franquista es algo "intrínsecamente unido" a la dictadura. No se puede entender a Hitler sin las cámaras de gas, ni a Franco sin el "exterminio suficiente".

 "Si se niega el plan [de exterminio] se está negando la esencia del fascismo europeo y del franquismo. Algo muy importante es que, para mantener el clima de terror no hay que estar matando siempre ni derramando sangre siempre. Cuando se consuma una fase de terror sangriento, después el Estado puede vivir un tiempo de las rentas. Basta con que se mantenga la amenaza del terror, para que permanezcan sus efectos", sentencia Francisco Moreno, historiador y catedrático de Instituto.

Carmen Franco, sin embargo, jamás dio un paso para reconocer la matanza fundacional de su padre y pedir disculpas por ello a sus víctimas. Las cunetas, aún llenas de cadáveres, sirven como testigos silenciososos de la sed de sangre de Franco. La hija del dictador, por el contrario, presidió la Fundación Francisco Franco dedicada en cuerpo y alma a blanquear la imagen de su padre. Su patrimonio pasará ahora a sus herederos. Es la democracia de 1978. "           (A. Torrús, Público, 29/12/17)

15/1/18

Un espacio de terror ubicado en pleno centro histórico de Sevilla

"La comisaría de la plaza de la Gavidia en Sevilla es hoy un espacio recogido como Lugar de Memoria. Sin embargo sus instalaciones están abandonadas, con viejos calabozos y tétricos sótanos donde se realizaban terribles interrogatorios y torturas a finales del franquismo. Aún continúan intactos. Sin conocimiento de qué actividad será puesta en marcha en sus dependencias.


El documental Comisaria de la Gavidia. Lugar de Memoria Democrática realizado por CCOO Sevilla rescata, a través de un proyecto con el Ayuntamiento, las vivencias de los que padecieron vejaciones, insultos y maltrato psicológico, buscando que este edificio no se pierda. Tampoco el rastro de sufrimiento de cientos de víctimas.  (...)

 

Un espacio de terror ubicado en pleno centro histórico



Los hijos de aquellos republicanos se revelarían a finales del régimen. Carlos Carreño, secretario de Relaciones Instituciones del sindicato en Sevilla recuerda para Público como esta comisaría fue “el último reducto de la ciudad contra todo elemento que fuera contrario al régimen”

 Por sus oficinas pasaron cientos de hombres y mujeres sevillanos, fundamentalmente. Jóvenes obreros y estudiantes, que durante la década de los sesenta y setenta lucharon por la conquista de las libertades y derechos democráticos. (...)

 

La policía más sádica de la Jefatura de la Gavidia



Los agentes que integraban la Brigada Político Social dentro de la Gavidia no han podido ser olvidados por sus víctimas. Francisco Beltrán Ortiz era uno de los más sádicos que sufrió un grave atentado por parte del GRAPO en 1979. Francisco Colina Neto y el inspector jefe José Soriano realizaban también interrogatorios y torturas. El jefe de la Brigada Político Social (la policía política de la dictadura) en aquellos años era José Martín Fernández.

 Sus testigos recuerdan que este último “no se pringaba en los interrogatorios. Sólo aparecía para ver cómo iban los presos en los sótanos. Vigilaba, hacía gestos para que apretaran más, para decir que ahí estaba él”, dirigiendo al grupo de inspectores que podían tener en los sótanos a los detenidos casi sesenta horas.


Aunque todos torturaban, insultaban y asustaban por igual, cada uno tenía una actuación particular. Dentro del documental realizado por Comisiones Obreras se destaca que “todos provocaban para justificar su crueldad. Se metían con el preso y cuando este saltaba encontraban el momento perfecto para torturarlos”.


Soriano es recordado por los detenidos como un hombre “gordo, bajo y con mucha barriga provocado por el alcohol que bebía”. Tenía asignado como vigilancia especial la fábrica de Hispano Aviación y era asiduo a la oficina de personal de dicha fábrica.


Beltrán ha sido descrito como un hombre “alto, corpulento, con bigote a lo mejicano y mirada descarada. Golfo y chulo en los interrogatorios y ante los detenidos mostraba un trato totalmente ofensivo”. Su negocio de espartería en la Avenida Marqués de Pickman era muy popular. Recibió un tiro cerca de su negocio que le atravesó la cara por parte del GRAPO. Aún se encuentra con vida.


Colina era el último de los inspectores. “Seco, más cortante e hiriente”. En cada interrogatorio, intentaba a toda costa “asustar al detenido”. Sus víctimas lo califican como un policía “alto, corpulento y moreno”. Vivía en uno de los barrios obreros de Sevilla, el Polígono San Pablo.  (...)

 

Las 72 horas de pánico de Kechu Aramburu en la Gavidia


Los testimonios de aquellos días en la Gavidia resultan escalofriantes, como el que de Kechu Aramburu que en aquella época no superaba los 18 años de edad. “En esos años era estudiante de la Universidad y dirigente de la liga comunista revolucionaria. Teníamos un peso muy fuerte en el movimiento estudiantes desde la corriente trotskista”.


Aramburu era menor de edad. Y su familia procedía de la alta burguesía sevillana. “Vivir aquellos días no era fácil aunque no teníamos tanto miedo, el que teníamos estaba interiorizado. Estábamos seguros de estar luchando con un gigante que no nos iba a vencer y sabíamos que aquella policía nunca nos iba a dejar en paz”.


Recuerda a los agentes Colina y Beltrán antes de su detención. “Iban con gabardinas y el cuello subido por la universidad. Nadie podía decir que no sabía quiénes eran. Eran visibles, se hacían notar y teníamos que tener mucho cuidado de que no averiguaran nuestra reuniones”.
"Estábamos seguros de estar luchando con un gigante que no nos iba a vencer y sabíamos que aquella policía nunca nos iba a dejar en paz”

Aramburu recuerda con dificultad el año de su detención. 72, 73 o 74. Una reunión nocturna que acabó con la detención de casi veinte jóvenes de la Liga Comunista. “Solo éramos dos mujeres. El restos eran compañeros y a todos nos trataron con la misma dureza”, dice Aramburu.


Kechu sabía que la Gavidia era la casa de torturas por las que muchos amigos habían pasado. Y los sótanos daban un fiel reflejo de lo que allí ocurría. “El franquismo no tenía consideración con nadie y todos éramos enemigos”. 

Primero los detenidos estaban separados, luego los juntaban en los sótanos a los que subían a través de una campana. “Sabíamos que al no tener pruebas a la mayoría nos tendrían que soltar a las 72 horas pero nadie se libró que de que estos comisarios sanguinarios nos insultaran y nos dieran patadas. Era el método para destrozarnos psicológicamente”.


Después de insultar y llevarnos al límite, a Kechu y sus compañeros los sacaban por los pelos a la ventana. “Allí te decían que podías caer desde alguno de los pisos como un huido y que ellos nunca cargarían con las consecuencias”. La impunidad, el coraje y el rencor de aquellos días ya está disipado. Kechu no ha querido olvidar lo que ocurría en aquel edificio, hoy abandonado.

A Paco Sánchez Legran lo interrogaron 60 horas seguidas


Paco Sánchez Legrán era también menor de edad y trabajador de la empresa de Hispano Aviación, en Triana. Con 17 años participaría en una asamblea de trabajadores de Comisiones Obreras Juvenil. “Aprendía el oficio de oficial tornero”, aclara a Público.


Su primera detención en la Gavidia sucedería tras las pintadas realizas ante la fábrica de textil de Hytasa en 1969. “La BPS me pilló y fui directo a los calabozos”

De las 72 horas que se mantuvo dentro de las dependencias a Paco le estuvieron pegando casi 60 horas. “Nunca supe si era de día ni de noche pero nunca lograron que tuviera miedo hasta que me vi la cara destrozada por los puñetazos y las patadas en el estómago”. Un grupo de madres de presos acudieron a pedir clemencia al entonces cardenal Buero Monreal. Así se libraría aquel joven de llegar hasta la cárcel provincial en esta primera detención.

Paco recuerda que en su “paso al juzgado de Sevilla reclamaría ante el juez palizas y torturas por parte de los inspectores”. El magistrado no levantó ni la mirada. Solo se hacía silencio ante aquellas declaraciones. “Si me pude marchar fue porque a pesar de hablar de mi militancia en Comisiones nunca llegaron a conocer mi compromiso político con las juventudes comunistas”.


El comisario Beltrán fue el encargado de practicar la tortura de Paco. “Era un torturador psicológico que venía cuando terminaban de pegarme los de la rueda.” Eso significaba que un grupo más amplio de agentes que “te pisaban, te tiraban al suelo, te volvían a levantar. Eso ocurría en la tercera o cuarta planta y en el sótano estaban los calabozos”.


El comisario Colina y Suárez fueron los que jugaron el rol violento. “Me insultaban y me decían que sabían que mi tío había estado en un campo de concentración. También me ponían la cabeza en la mesa diciendo que sino hablaba detendrían a mi propio padre”.


Ese era el peor momento en los calabozos, la presión psicológica. “Cuando alguien largaba era siempre porque no podía soportar esa tortura psicológica

 Las palizas, los puñetazos se soportaban con los ojos cerrados”. En el tercer procesamiento de Paco llegó su condena más larga. “Me condenan a un año de cárcel por asociación ilegal y propaganda ilícita. Paco destaca con ironía como “por ser año santo compostelano, cumpliría solo seis meses de cárcel. “Una obra social del dictador”. Su etapa carcelaria finalizaría en 1972.

A Ramón Sánchez Silva le desencajaron la mandíbula


A Ramón Sánchez lo detienen en la fábrica de Hytasa a principios de 1968. Lo llevan directamente a la Jefatura de la Gavidia. “Yo estaba trabajando en la textil y estábamos organizando una protesta porque hubo una intoxicación y se organizó una asamblea de trabajadores”


Rápidamente llegó la policía. En aquella fábrica las condiciones laborales eran miserables. El régimen disciplinario dentro de la empresa fue lo que llevó a Ramón a sumarse a la lucha. “Había un régimen muy fuerte y te ponían multa por cualquier cosa o suspensión de sueldo” durante días.

"Nunca olvidaré el sonido del timbre que sonaba. El que lo escuchaba sabía que era el momento de la próxima paliza

Ramón era también menor de edad como la mayoría de los que pasaban aquellos días por los calabozos de la Gavidia. “Me llevaron a la comisaría de la Gavidia. Y allí empiezan a interrogarme. Estoy 72 horas en comisaría y nunca olvidaré el sonido del timbre que sonaba. El que lo escuchaba sabía que era el momento de la próxima paliza”.


Beltrán fue el inspector encargado de sacudir a golpes al joven Ramón. “Fueron insultos, vejaciones y puñetazos en los costados”. Era un miedo interior. Ramón nunca olvidará aquel camino hacia los sótanos.


No fue su única detención. “A principios del 69, me detuvieron en preventiva dentro del estado de excepción. El año anterior me detuvieron cinco o seis veces. Si estabas fichado ya podías aparecer por la Gavidia cada vez que ellos quisieran”. En una de aquellas ocasiones fue tal la paliza recibida que de una patada en la boca, le desencajaron la mandíbula.


Este militante guarda recuerdos del comisario Colina que hizo en su interrogatorio de “poli bueno” De Beltrán relata como disfrutaba pegando y amenazando. “Te ponía un Mundo Obrero encima de la mesa y se reía después de darte un puñetazo en la cara y patadas en los testículos”.

Ramón señala de aquellos interrogatorios una escena que se le ha quedado grabada: “Entré a las seis de la mañana en la primera ocasión que llegué a la Gavidia y salí a las cuatro de la tarde. Les dije que tenía sed y hambre después de tantas horas. Y se rieron durante un rato. Era unos sádicos. Y sus miradas te infundían un odio profundo” como enemigo del sistema."        (María Serrano, Público, 12/01/18)

12/1/18

Seinfeld acude a un campamento que enseña a matar palestinos

"El popular cómico Jerry Seinfeld, creador de la exitosa serie homónima de los noventa, acudió en navidades a un campamento militar israelí en Cisjornadia, zona principal del conflicto entre Israel y Palestina, para aprender técnicas marciales y realizar prácticas de tiro. La noticia se ha sabido por una publicación en Facebook de Caliber 3, campo que recibió la visita del actor de Brooklyn.

Este acontecimiento ha producido un gran revuelto en redes sociales hasta el punto en el que la organización acabó borrando las fotos de Seinfeld. Sin embargo, el viaje ha sido ratificado por el diario Haaretz

 El cómico fue acompañado por su familia en lo que poco a poco se está convirtiendo en un tipo de turismo presente en los planes de los estadounidenses: turismo militar.En este tipo de campamentos se imparten lecciones sobre técnicas de combate y prácticas de tiro para defenderse de "terroristas", que no es más sino un formalismo para no usar "palestinos" dada la zona en la que se encuentra el campo.

 La noticia ha supuesto una sorpresa enorme por todo lo que supone acudir a una zona ocupada militarmente como parte de unas vacaciones y además acceder a hacer prácticas de tiro en lo que para muchos es simplemente poner en práctica técnicas sobre cómo "asesinar palestinos", según recogían algunos testimonios de The Jerusalem Post.

La familia Seinfeld acudió al campamento Caliber 3, que en su propia página web presenta sus diferentes servicios. El actor participó entre otras actividades en un curso de Krav Maga, artes marciales para atacar a enemigos armados.

Pese a las demandas internacionales, Israel sigue ocupando ilegítimamente Cisjornadia, lo que no es impedimento para montar excursiones para turistas y enseñarles sus técnicas militares.

 Así pues, Seinfeld que vuelve a la primera plana internacional con estrenos en Netflix, es a la vez señalado por participar en campos donde se fomentan valores beligerantes e incluso enseña a turistas cómo matar."                (José Carmona Gilo, El Salto, 10/01/18)

11/1/18

El delator...

"En junio de 1977 se presentó en la Vicaría de la Solidaridad de Santiago de Chile un joven que quería, dijo, hacer una confesión: y quería que fuese grabada, como testimonio para el futuro. 

La Vicaría de la Solidaridad fue creada por el arzobispo para socorrer a las víctimas del golpe de Estado y a sus familias: mal tolerada, pues, por la Junta de Gobierno. La sospecha de que aquel hombre fuese el instrumento de una provocación era más que legítima. Fue por consiguiente rechazado. Se volvió a presentar y fue de nuevo rechazado. 

Cuando volvió por tercera vez, quizás considerando que un verdadero provocador no habría insistido tan desesperadamente, se aceptó grabar su confesión. Tuvo así identidad –nombre, historia y, muy poco después, destino– la más espantosa figura de los días del golpe de Estado y de la represión: parecía una evocación de los tiempos de la Inquisición: atroz alucinación, atroz símbolo. El hombre del rostro oculto, el hombre del pasamontañas. 

Aquel que sin decir una palabra, solo con el gesto de la mano, escogía de entre los prisioneros hacinados en el estadio nacional al que mandar a la tortura y a la muerte. Uno de los liberados recuerda: 

«El siniestro personaje, escoltado por militares, pasaba revista a millares de prisioneros. A pesar de su estatura insignificante, su ropa nueva y cursi y su paso inseguro, el hombre del pasamontañas se imponía a todos como una fantasmagórica presencia e imponía en los graderíos un silencio lleno de pánico… Nosotros lo mirábamos con ansiedad… Algunos volvían la cabeza para no ser identificados o trataban de escabullirse hacia los retretes. 

Cualquiera de nosotros podía encontrarse ante el índice del hombre del pasamontañas: en una tensión que llegaba al paroxismo, encontraba expresión el drama de un pueblo prisionero frente a la tortura y la traición. Esta delación nos daba una especie de vértigo. ¿Se trataba de un traidor o de uno que siempre había sido enemigo nuestro? ¿De qué partido era, de qué condición social había salido, cómo había logrado estar entre nosotros sin que lo descubriéramos?

 El hombre se acercaba, se detenía, continuaba la búsqueda: a veces volvía atrás para reconocer mejor a alguno. Sus ojos, aquellas oquedades orladas de negro del pasamontañas, se cruzaban con miradas aterrorizadas, miradas interrogantes, miradas intrépidas. Él caminaba lentamente y lentamente escogía las víctimas: bastaba un gesto de su mano…»

Bastaba un gesto de su mano –o al menos así lo había creído, como lo habían creído los prisioneros hacinados en el Estadio Nacional– para dar tortura y muerte; y helo aquí ahora, ya sin aquel poder, intentando ponerse, miserable, innoblemente, de parte de las víctimas: delante de una grabadora y, presumiblemente, delante de un cura.

«Me llamo Juan René Muñoz Alarcón, carnet de identidad 4824557/9. Tengo treinta y dos años, estoy casado y vivo en el 331 de la calle Sargento Menadier, en Puente Alto, Población Malpo. Soy un ex dirigente del Partido Socialista, ex miembro del comité central de la Juventud Socialista, ex dirigente nacional de la CUT (Central Única de Trabajadores). Pertenecí a la confederación de trabajadores del cobre… El hombre del pasamontañas del Estadio Nacional soy yo». Así comienza la confesión.

 Pero cae súbitamente en la reticencia en cuanto a las razones que lo habían decidido a dejar el Partido Socialista, cuatro o cinco meses antes del golpe de Estado militar: «no estaba de acuerdo en ciertas cosas»; y, sin más, es ambiguo al hablar de las persecuciones de que fue objeto por parte del Partido Socialista. 

Dice: «quemaron mi casa, he perdido a mi familia». Si lo entendemos literalmente, parece que su familia (mujer y seis hijos) murió en el incendio de la casa. Pero poco antes ha dicho que era casado y no viudo: da la sensación de que hablaba figurada, metafóricamente, de una ruina económica que ocasionó la disgregación familiar (en Sicilia, por ejemplo, la expresión «bruciare la casa», quemar la casa, quiere decir también ruina económica: no es infrecuente el sobrenombre de «ardicasa», quemacasa, a quien por excesiva prodigalidad destruye la propia familia). 

Y, por otra parte, si de verdad hubiese vivido tanta tragedia –la casa quemada, la familia muerta–, se habría detenido en contarla con más detalles y más obsesivamente.

Aceptamos que sus ex-compañeros lo persiguieron; pero no es creíble que la persecución se desencadenara por no estar de acuerdo sobre «ciertas cosas» y por su alejamiento del partido. En cambio, es posible que hubieran sospechado o hubieran descubierto que era confidente de la derecha o lo hubieran acusado –acaso injustamente– de alguna irregularidad o malversación. Sea como fuere, de la persecución encontró protección en la derecha.

 «Hombres de derechas», dice «me escondieron y alimentaron». Y tenía que pagar sus deudas. Pero las pagó con alegría, poco después del pronunciamiento. Una alegría no apagada del todo en el momento de la confesión: «No fueron pocas las personas que reconocí. Y de las muchas que ya están muertas, yo soy el responsable de su muerte, por el solo hecho de haberlas reconocido». 

Y sería aventurado, quizás incluso injusto. descubrir en esta frase un no sé qué de agrado, de satisfacción, si en el contexto de la confesión otros detalles no nos hubieran hecho pensar que Muñoz Alarcón no había hecho una verdadera y sincera confesión, sino una vez más un gesto de venganza: como ayer contra sus ex-compañeros, hoy contra sus ex-protectores. 

Una confesión implica un radical arrepentimiento, una radical repugnancia hacia las acciones cometidas, hacia el pasado, hacia uno mismo en el pasado: y Muñoz Alarcón no ve en aquel pasado más que incidentes, hechos que fortuitamente se rebelan para turbar su carrera de delator. Es, en suma, un «arrepentido» tal y como hoy en Italia se acostumbra a llamar al que rompe una criminal solidaridad y da nombres de cómplices y jefes. Pero vayamos por orden.

A sus protectores, convertidos en amos, no les bastó con que desarrollara una funesta tarea en el estadio nacional: «Me mandaron después salir por las calles, con patrullas de militares, a fin de reconocer personas. Desgraciadamente, me encontré con Miguel Plaza. Gracias a mí, él está vivo aún: no quise reconocerlo. Pero, por desgracia, ellos tenían una fotografía en la que él y yo estábamos juntos…» 

Desgraciadamente, por desgracia: sin aquel incidente, si por lo menos le hubieran perdonado el único pecado de haber querido dejar vivo a su amigo Miguel Plaza, no estaría ahora Muñoz Alarcón en la Vicaría acusando a la Junta Militar. Pero no se lo perdonaron: «por el hecho de haber mentido, me tuvieron durante tres meses en prisión, tratándome como a los otros detenidos: es decir, no tuvieron en cuenta que ya no pertenecía al Partido (socialista) y que no estaba mezclado en nada».

 En nada, es decir, que no era de los vencidos, torturados, asesinados.

Lo liberaron a condición de que volviese a colaborar. Aceptó. Lo condujeron a Colonia Dignidad, donde había un eficientísimo centro de adiestramiento, dirigido por alemanes, para la policía digamos política: todo lo moderno que pueda imaginarse, incluidas cárceles subterráneas.

 Y aquí Muñoz Alarcón cae en una significativa confusión: hablando de los alemanes instructores, los llama hebreos refugiados en Chile durante la guerra. Sin duda debido a ignorancia; pero es una confusión en la que da simbólica proyección de sí mismo, perseguidor y perseguido, verdugo y víctima.

En Colonia Dignidad le enseñaron cómo interrogar a los prisioneros, así como el arte de infiltrarse en los grupos clandestinos contrarios al régimen. Solo que Muñoz Alarcón no pudo poner en práctica este arte: «Desgraciadamente… No, quiero decir: afortunadamente, esto no podía hacerlo… Todos sabían que había dejado el Partido». 

Por primera vez se percata de que un hombre verdaderamente arrepentido no puede llamar desgracia a lo que le ha llevado al arrepentimiento, a la confesión. «Más tarde», continúa, «me asignaron la tarea de dar caza a personas, interrogarlas, torturarlas, asesinarlas». Tarea que cumplió, hay que creerlo, con suficientes escrúpulos: sin desgraciados incidentes como el de no reconocer al amigo y sin suscitar desconfianza en sus amos, si bien por tres veces entró y salió de la Vicaría. 

Si lo hubieran vigilado, no habría sobrevivido a la primera visita. Así como no sobrevivió a la tercera. Si en un momento determinado tuvo revelación de la propia miseria, de la propia culpa, de la necesidad de confesarlas y expiarlas, puede que lo advirtieran sus víctimas, pero en absoluto sus amos.

La confesión continúa con precisas y detalladas acusaciones a las cinco policías secretas del régimen, a sus jefes. Revela la técnica mediante la cual resultan expatriadas, huidas hacia el exilio, personas que por el contrario han sido asesinadas en las cárceles (agentes de policía realizan viajes al extranjero con los documentos de los muertos, vuelven a Chile con los propios). 

Describe, en resumen, todo el aparato y el funcionamiento de un sistema en el que de la tortura se pasa, irremediablemente, a la abyección o a la muerte. «Quiero», dice en un momento, «que quede claro esto: allí dentro todos, sin excepción, colaboran»; y cuenta el caso de uno de la Juventud Comunista, del comité central, que reveló un buen número de cosas y nombres: «pero hay que decir que fue espantosa y salvajemente torturado».

En cuanto a sí mismo, no ve salvación: se considera muerto y la muerte puede venirle tanto de sus ex-compañeros como del régimen. Seguramente más por parte del régimen: porque, si sus ex-compañeros solo consumarían una venganza, el régimen tiene todo el interés de silenciar un testigo que no pide nada, que no quiere nada, que quiere tan solo asumir «la responsabilidad de lo que ha hecho y afrontar, cuando llegue el momento, las consecuencias». 

Pero aquel momento, que quizás creía cercano, ni él lo vio ni nosotros lo entrevemos todavía. El 24 de octubre, cuatro meses después de la confesión, el cadáver de Muñoz Alarcón fue hallado en La Florida, en las afueras de la capital. Había recibido diecisiete puñaladas.

La grabación de la confesión, mandada por la Vicaría a la magistratura, dio lugar –según los diarios de Pinochet– a una investigación que duró seis meses en Colonia Dignidad. Una investigación tan larga terminó, naturalmente, en un no ha lugar.

Pero lo que de este caso, de esta confesión, más nos impresiona, no es la complejidad del personaje ni la gravedad de las revelaciones: es la imagen del hombre del pasamontañas en su feroz, tremenda gratuidad. Porque el hecho es éste: así como sangrientamente gratuita, sangrientamente inútil, fue la sublevación militar –el gobierno Allende habría inevitablemente caído algunos meses después–, así también fue atrozmente gratuita, atrozmente inútil, la aparición del hombre del pasamontañas en el estadio de Santiago, en las calles. Gratuita pero atroz.

 Inútil pero atroz. Basta pensar un momento en ello: los hombres que se encontraban hacinados en el estadio habían sido arrestados en sus casas, conocidos por sus nombres, sus cargos, por lo que habían hecho o por lo que se temía que pudieran hacer. ¿Había necesidad de que alguien los reconociese, los señalase? Y del mismo modo los hombres en las calles: tanto es así que apenas finge Muñoz Alarcón equivocarse en uno, no reconocerlo, cae de inmediato un duro castigo sobre él. ¿Entonces?

Entonces, he aquí el hecho más espantoso, más inhumano que la cárcel, la tortura, el fusilamiento: se ha querido, con el hombre del pasamontañas, crear una indeleble, obsesiva imagen del terror. El terror de la delación sin rostro, de la traición sin nombre. Se ha querido deliberadamente y con macabra sabiduría evocar el fantasma de la Inquisición, de toda inquisición, de la eterna y cada día más refinada inquisición."                (Leonardo Sciaxcia, El Viejo Topo, 31/12/17)

10/1/18

Las torturas de la CIA en Europa, bajo la lupa de la Corte Penal Internacional

"Hagamos un viaje en el tiempo. 20 de septiembre de 2001, Washington. El presidente de Estados Unidos, George Walker Bush, da un solemne discurso en el Congreso dirigiéndose a una nación que aún se pregunta por qué ha sido atacada. El texano agradece la solidaridad de la comunidad internacional, habla de la reconstrucción de Nueva York y menciona el odio de los terroristas hacia la democracia. 
También nombra a una persona, Osama bin Laden, y un país, Afganistán, desconocidos en ese momento para el 99% de sus conciudadanos. Es allí donde Estados Unidos empezaría su “guerra contra el terror” y avisa al resto de naciones que espera una colaboración máxima. “O están con nosotros o están con los terroristas”, dice Bush.

¿Cómo sería esa nueva guerra? El presidente se responde a sí mismo: “Somos un país despertado por el peligro y llamado a defender la libertad. Nuestro dolor se ha convertido en ira, y nuestra ira en resolución. Ya sea que llevemos a nuestros enemigos ante la Justicia o hagamos justicia con nuestros enemigos, se hará justicia”. Los congresistas aplauden al unísono y se ponen de pie. Bush levanta la vista, la baja un poco para mojarse los labios y la vuelve a subir. Sabe que el momento histórico le evitará escuchar disonancias en una cámara entregada.

Lo que venía a decir el presidente era que la “pax americana” estaba por encima del derecho penal internacional y ningún tribunal lo detendría por sus métodos. La operación “Libertad duradera” comenzó dos semanas después y Estados Unidos, junto a una coalición internacional, desplegó tropas en Afganistán para derrocar a su Gobierno. Allí siguen 16 años después.

Los ecos de esos tambores de guerra se sintieron en una lujosa mansión de Filadelfia el 15 de diciembre de 2011. El padre de la Psicología Positiva, Martin Seligman, recibió en su casa a académicos estadounidenses e israelíes y responsables del FBI y la CIA. La finalidad era discutir un estudio suyo, fechado en 1975, que podía tener una aplicación práctica en esa nueva guerra contra el terrorismo.
 Seligman decía que cuando un perro sufre descargas eléctricas de forma indiscriminada termina por no tomar medidas para evitarlas, incluso si se le abre una vía de escape. Interioriza lo que los expertos llaman la “indefensión aprendida”.

Ese encuentro nunca se hizo público y no existen grabaciones, pero cimentaron el brutal sistema de torturas que la CIA instauró posteriormente. Es lo que cuenta Mark Fallon, experto en Defensa que pasó por el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, en un libro editado este año, “Medios injustificables”.

Las conclusiones de la cita de Filadelfia requerían una cobertura legal que llegó pronto. La Casa Blanca anunció el 7 de febrero de 2002 que no aplicaría los Convenios de Ginebra a los talibanes y combatientes de Al-Qaeda, dando vía libre a que se les torturase. Tres meses después Bush no ratificó el Estatuto de Roma, carta fundacional de la Corte Penal Internacional que sí había firmado Bill Clinton. Evitó así que la institución recién nacida en La Haya tuviera jurisdicción en territorio estadounidense.
 La “guerra contra el terror” siguió su curso y Estados Unidos invadió Irak en 2003 con la inestimable colaboración de Tony Blair y José María Aznar, argumentando que el Gobierno de Sadam Husein poseía unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.

Demos ahora un salto en el tiempo hacia adelante. 9 de noviembre de 2017, La Haya. La Fiscal General de la Corte Penal Internacional, Fatou Bensouda, manda un vídeo a los medios en el que dice lo siguiente: “Durante décadas, el pueblo de Afganistán ha soportado el flagelo del conflicto armado. 
Tras un minucioso examen preliminar de la situación, he llegado a la conclusión de que se han cumplido todos los criterios jurídicos exigidos en el Estatuto de Roma para iniciar una investigación”. Sospecha de tres actores: los talibanes, las fuerzas de seguridad afganas y miembros del ejército de Estados Unidos y de la CIA.

Una Sala de Cuestiones Preliminares del tribunal estudia actualmente darle luz verde. Se sabrá en los próximos meses y es muy probable que los jueces le den el visto bueno. A partir de ese momento, la Fiscalía tendría autorización para visitar otros países, recopilar pruebas y entrevistar a víctimas. Si cree que existen indicios suficientes, incluso solicitaría órdenes de arresto. Al menos 54 detenidos sufrieron torturas, tratos crueles, violación y otras formas de violencia sexual en cárceles afganas controladas por Estados Unidos, según el último informe de la Oficina de Bensouda. Abu Ghraib queda fuera de la investigación porque Irak no es estado parte de la Corte Penal Internacional.

La fiscal también documenta abusos contra otros 24 prisioneros en centros de detención de la CIA localizados en Polonia, Lituania y Rumanía “principalmente entre 2003 y 2004”. Es decir, que no sólo encarcelaron a prisioneros sin juicio y en países como Afganistán o Irak, sino también en el viejo continente. Entonces, ¿se cometieron crímenes de guerra en territorio europeo a principios del siglo XX? Vamos por partes.

Polonia: un país ya condenado

El caso de Polonia ya está parcialmente documentado a nivel judicial. Una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, de julio de 2014, obligó a este país a indemnizar con 230.000 euros a dos prisioneros: Abu Zubaydah y Abd al-Nashiri. Ambos fueron trasladados a la base militar de Stare Kiejkuty, a unos 150 kilómetros de Varsovia y cercana al aeropuerto de Szymany, entre el 4 y el 5 de diciembre de 2002.

El tribunal se basó en informes desclasificados de la CIA para describir con una precisión terrorífica las “técnicas mejoradas de interrogación”, término utilizado por los norteamericanos para evitar la palabra “tortura”, utilizadas con al-Nashiri. Por ejemplo, un oficial lo amenazó con una pistola semiautomática durante un interrogatorio para que hablara. Como no lo hizo, lo metieron en su celda y lo encadenaron. Poco después, el mismo militar entró, apuntó el arma contra su cabeza y apretó el gatillo entre una y dos veces, simulando su ejecución.

El informe de la CIA sigue. “Probablemente el mismo día, el interrogador utilizó un taladro eléctrico para asustar a al-Nashiri (…) entró en su celda y encendió el motor mientras el detenido estaba desnudo y encapuchado”. Ninguna de las amenazas de muerte proporcionó información a los interrogadores. Los servicios secretos norteamericanos documentaron otros abusos, como “levantarlo del suelo por los brazos mientras los tenía atados a la espalda con un cinturón” o usar “un cepillo rígido para inducirle dolor”.

Un informe de la Cruz Roja citado en la misma sentencia explicó que al-Nashiri estuvo con las “muñecas encadenadas a una barra o gancho en el techo por encima de la cabeza (…) durante varios días seguidos” y fue “amenazado con ser sodomizado”. El 6 de junio de 2003 fue trasladado a otra cárcel secreta, en Rabat.

El Tribunal de Estrasburgo consideró probado que “las autoridades polacas sabían” de la existencia de la cárcel secreta de la CIA, pero no pudo explicar por qué Varsovia se había arriesgado a semejante empresa. La explicación llegó a los pocos meses desde el otro lado del Atlántico, pues el Senado estadounidense desclasificó un informe sobre el programa de detención de la CIA que decía lo siguiente: “Para alentar a los gobiernos para que albergasen de forma clandestina centros de detención, o para aumentar el apoyo de los ya existentes, la CIA proporcionó millones de dólares en pagos en efectivo a funcionarios de gobiernos extranjeros”.

No se nombró a los países que colaboraron, sino que se identificó los centros de detención por colores, pero los cruces de datos con otros documentos públicos pusieron en evidencia que la cárcel “azul” era la de Polonia. Sus autoridades habían dado su consentimiento para albergarla y llegó a tener prisioneros “por encima de su capacidad”, según otro cable de la Inteligencia estadounidense.

Las consecuencias políticas fueron inmediatas. El expresidente de Polonia, el socialdemócrata Aleksander Kwasniewski, convocó a la prensa al día siguiente y admitió haber dado permiso a la CIA para que usara la base militar de Stare Kiejkuty, pero negó saber que allí se practicaban torturas. Dijo no tener información sobre los pagos hechos por los norteamericanos y aseguró que el centro se cerró a finales de 2003 gracias a las presiones del Gobierno. ¿Por qué lo consintió entonces? Explicó que Estados Unidos le podría devolver el favor si la seguridad nacional polaca se veía amenazada e invocó una hipotética amenaza rusa.

Lituania: ¿torturas en la Unión Europea?

La UE hizo la mayor ampliación de su historia en mayo de 2004, cuando pasó de 15 a 25 miembros. Entre ellos estaba Lituania, que también se adhería a la Convención Europea de Derechos Humanos cuyo artículo 3 prohíbe tajantemente la tortura. Las reglas, en teoría, estaban claras.

Diversas informaciones acusaron a Lituania durante años de albergar un centro de la CIA, pero la cadena ABC News fue la primera en ponerla en el mapa. Un amplio reportaje en 2009 denunció la existencia de un centro de detención de la CIA en una antigua escuela de equitación, a 20 kilómetros de la capital, durante el año 2005. Las autoridades lo permitieron porque estaban agradecidas a Estados Unidos de que les dejaran unirse a la OTAN.

El reportaje provocó que el Parlamento lituano pidiera una investigación a fondo. Su conclusión fue que la CIA estableció no uno, sino dos centros de detención: el primero en la escuela de equitación y el segundo en una casa situada en la misma capital, en Vilnius, informaron medios nacionales. Sin embargo, no se llegó a probar que esos edificios llegaran a albergar prisioneros. ¿Para qué se usaron entonces? “El verdadero propósito de las instalaciones no se puede revelar porque constituye un secreto de estado”, dijo el fiscal a la prensa lituana.

La excusa no aguantó mucho tiempo. El informe del Senado estadounidense sobre las torturas de la CIA desclasificado en 2014 mencionó en varias ocasiones el centro de detención “violeta”, abierto a principios de 2005 y que según numerosas investigaciones estaba en Lituania. Se desveló que uno de sus prisioneros, Mustafa Ahmad al-Hawsawi, necesitó de asistencia médica después de un interrogatorio, pero funcionarios locales se negaron a trasladarlo a un hospital cercano por miedo a que la prensa se enterase.

El incidente causó enormes tensiones con la CIA, que se cuestionó la disposición del país anfitrión a “participar como originalmente se había acordado", señalan los mismos cables. Estados Unidos cerró las instalaciones en 2006 y trasladó a sus prisioneros al centro de detención “marrón”, que según varias investigaciones estaba en Afganistán. Abu Zubaydah, el detenido que ya ganó un caso contra Polonia en Estrasburgo, ha denunciado que también pasó por Lituania y ha llevado a este país ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en un caso que está pendiente de decisión.

Rumanía: abusos en pleno Bucarest

Una investigación periodística de Associated Press y un medio local, publicada en diciembre de 2011, localizó el centro de detención de la CIA en Rumanía: un edificio de la Oficina Nacional de Información Clasificada situado en el norte de Bucarest, en un barrio residencial y a pocos minutos del corazón de la capital. Abrió en otoño de 2003 después de que la Inteligencia estadounidense vaciara el centro de Polonia.

Dos de los prisioneros que pasaron por allí fueron Janat Gul y Hassan Ghul. Acusados de ser facilitadores de Al-Qaeda, experimentaron alucinaciones después de sufrir privaciones de sueño durante decenas de horas. Un médico constató que Ghul sufría “fatiga fisiológica notable", “espasmos musculares abdominales y en la espalda", "parálisis leves en los brazos, las piernas y los pies” debido a las horas que pasaba “en posición colgante” y a los intensos regímenes de privación de sueño, hasta 59 horas seguidas en algunos casos, reflejan cables de la propia CIA.

En mayo de 2005 llegó a Rumanía Abu Faraj al-Libi, un supuesto miembro de Al-Qaeda detenido en Pakistán que sufrió durante un mes las “técnicas mejoradas de interrogación”. En ese periodo se quejó de una pérdida de audición, pero sus captores no lo creyeron y siguieron adelante. Sólo pararon cuando los doctores de la CIA avisaron de “inaceptables riesgos médicos o psicológicos”. Al-Libi fue trasladado un año más tarde a Guantánamo, donde le tuvieron que implantar un audífono.

Llegó un momento en el que el jefe del centro rumano contactó con sus superiores para comentarles sus preocupaciones: la función del edificio de Bucarest estaba pasando de “producir inteligencia” (conseguir información de prisioneros) a convertirse en unas “instalaciones de detención de larga duración”. Sin embargo, los planes se fueron al traste en unos meses. 
El Washington Post denunció en noviembre de 2005 la existencia de centros de la CIA en antiguas repúblicas soviéticas. No dio nombres de países, pero llevó a las autoridades rumanas a reclamarle a Estados Unidos que cerrara la cárcel “en horas”, cosa que sucedió semanas después.

Rumanía negó los hechos durante años, pero su exjefe de Inteligencia Ioan Talpes reconoció en 2014, en una entrevista con Der Spiegel online, que su país albergó “al menos” una de esas cárceles. La razón, al igual que Lituania, era favorecer su entrada en la OTAN. ¿No le preocupaba que allí se produjeran torturas? “Lo que hicieran allí los americanos era asunto suyo”, afirmó Talpes.

Dos de las conclusiones del informe del Senado sobre el programa de detención de la CIA son especialmente chocantes. La primera, que “las técnicas mejoradas de interrogación no fueron un medio efectivo para obtener información precisa”. Es decir, la tortura no funcionó porque las confesiones respondían a los deseos de los interrogadores, no a datos o nombres nuevos que pudieran ser utilizados por los Servicios de Inteligencia.
 La segunda, que de los 119 expedientes revisados por el Senado, “al menos 26 fueron arrestos erróneos” porque “no cumplían con los estándares legales de detención”. Es decir, más del 20% nunca debieron ser encarcelados porque no habían hecho nada.

¿Sabía Bush dónde estaban éstas y otras cárceles repartidas por medio mundo? El informe del Senado lo aclara: “El presidente pidió no ser informado de las localizaciones de los centros de detención de la CIA para asegurarse de no revelar la información de forma accidental”. Tal cual.

Estados Unidos se opone a la investigación

La pregunta ahora es hasta dónde podría llegar la investigación de La Haya. El Pentágono ya ha avisado de que la rechaza de pleno. Una de sus portavoces dijo que “ni contaría con garantías ni es apropiada”, y que cualquier pesquisa deberá ser hecha por ellos mismos. 
En el pasado, los obstáculos puestos por algunos Estados han echado al traste el trabajo de la Fiscalía, que ha visto derrumbarse casos enteros porque las pruebas desaparecían en el país donde habían sucedido los crímenes o los testigos cambiaban su testimonio a última hora.

Los países europeos señalados y Afganistán deben responder a las eventuales llamadas del tribunal porque sí han ratificado el Estatuto de Roma. Ahora bien, las autoridades afganas recelan mucho del movimiento de Bensouda. “Créame, no están nada contentos con su investigación, han hecho todo lo posible para paralizarla”, dijo a CTXT una alta fuente de La Haya.

La Corte Penal Internacional se basa en el principio de complementariedad, es decir, sólo interviene si detecta que las autoridades nacionales no hacen investigaciones o si éstas no son genuinas. Bensouda, en un informe reciente, dijo que tanto en Polonia como en Lituania y Rumanía “se están llevando a cabo investigaciones penales” sobre el asunto, pero les advierte que seguirá evaluando si esas pesquisas son auténticas y abarcan a “las mismas personas (…) identificada por la Fiscalía”.

El tono contra Estados Unidos es más duro: “No parece que se haya llevado a cabo ningún proceso para examinar la responsabilidad penal de quienes desarrollaron, autorizaron o asumieron la implementación por miembros de la CIA de las técnicas de interrogatorio”, señala la fiscal.

La Fiscalía de La Haya no tiene como política general ir a por los perpetradores directos de los crímenes, sino a por las máximas autoridades que dieron las órdenes de cometerlos. Mark Fallon, ex miembro del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, señala en su libro “Medios injustificables” a dos altos cargos. El primero es Geoffrey D. Miller, el general que extendió el programa de torturas de la CIA, primero en Guantánamo y más tarde en Irak. 
Se retiró en 2006, pero abogados franceses y alemanes han impulsado iniciativas legales en sus países para juzgarlo por crímenes de guerra. El segundo es nada menos que Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Estados Unidos entre 2001 y 2006 que, según Fallon, autorizó personalmente al general Miller a aplicar las torturas.

¿Se atreverá La Haya procesar a autoridades como Rumsfeld? El caso representa una espada de doble filo para el tribunal. Serviría para limpiar su imagen de ser “una corte para África”, pues de momento todos sus condenados provienen del continente negro. 
Algunos sueñan con ver a altos cargos de la administración Bush sentados en el banquillo de los acusados y las expectativas creadas han sido importantes. Si finalmente la Fiscalía diera un paso atrás y no llegara a reunir pruebas suficientes para acusarlos de crímenes de guerra, su imagen pública se vería seriamente dañada.

Hagamos política-ficción e imaginemos que, eventualmente, la corte se atreviera a dictar esas órdenes de arresto. La prensa internacional abriría sus portadas con el movimiento de La Haya y se ganaría el respeto de actores que hasta el momento han visto sus pasos con desconfianza. No obstante, se haría evidente una de las grandes debilidades del tribunal: su dependencia de los Estados.

El tribunal no dispone de policía propia y necesita que los Estados hagan las detenciones, pero los norteamericanos, con toda seguridad, se negarían a enviar a los suyos a La Haya. 
Habría llamamientos a la comunidad internacional en nombre de las víctimas y los derechos humanos, pero todo quedaría en una declaración de intenciones. Al final se impondría esa incómoda verdad que no gusta oír en La Haya: la Justicia universal sólo se aplica allí donde los grandes poderes la permiten. " (David Morales Urbaneja, CTXT, 07/01/18)

9/1/18

Slobodan Praljak, criminal de guerra, ingeniero, académico y dramaturgo

"Ingeniero eléctrico, licenciado en Filosofía y Sociología, escritor y director de cine y teatro en Croacia, Slobodan Praljak, el exgeneral bosniocroata que se suicidó este miércoles ante los atónitos jueces del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY), era uno de los condenados más contradictorios de la guerra de los Balcanes. 

Profesor universitario y responsable de varias series y documentales en su país, sabía que su gesto sería recogido por las televisiones del mundo. Aunque el pulso le tembló y su mirada reflejaba horror, apuró un frasco que contenía “un veneno mortífero”, según ha acreditado la Justicia holandesa. La confusión del momento ha oscurecido el hecho de que la muerte en directo de Praljak fue presenciada también por su familia, que se encontraba entre el público presente en la sala de vistas.




Condenado a 20 años de cárcel en 2013 por crímenes de guerra contra los musulmanes bosnios, y a igual pena en la apelación durante la cual se quitó la vida, Praljak se refirió a sí mismo en tercera persona para negar a gritos haber sido un criminal de guerra. Un último acto antes de que Carmel Agius, el juez que volvía a condenarlo, ordenara correr un prosaico telón: la cortinilla que separa el banquillo de los acusados de la sala.

Fue un final inesperado para un hombre que había pisado la universidad y los escenarios y que nació en 1945 en Capljina, una localidad de Herzegovina situada cerca de la frontera croata. Allí se relacionó con las élites nacionalistas y, aunque su trayectoria inicial nada tuvo que ver con la milicia, en 1991, al estallar la guerra croata de independencia contra los serbios, se sumó a las recién creadas Fuerzas Armadas Croatas. 

Llegó a general y representó luego al Ministerio de Defensa en la República Croata de Herzeg-Bosnia, proclamada en 1991 como una entidad autónoma en el territorio de Bosnia Herzegovina. Temperamental e independiente, fuentes de la comunidad croata en La Haya que piden mantenerse en el anonimato señalan que “tuvo unos encontronazos con sus correligionarios que pudieron llevarle a dejar el uniforme”. 

Praljak llevaba 13 años en prisión, desde que en 2004 decidió entregarse voluntariamente al tribunal, junto con otros cinco políticos y militares bosniocroatas. Entre ellos figura Jadranko Prlic, ex primer ministro de la República de Herzeg-Bosnia. Estaban seguros de contar con el apoyo de la comunidad internacional, cuyos planes de paz, propuestos antes y durante la guerra de Bosnia (1992-1995) la dividían en tres entidades étnicas: croatas, serbias y bosnias.

Aunque Praljak había cumplido las dos terceras partes de sus 20 años de condena, y podría haber pedido su liberación dentro de poco, 13 años de encierro han pesado mucho, según las mismas fuentes. “Es posible que no resistiera la presión, como tampoco pudo hacerlo Milan Babic, primer presidente de la República Serbia de Krajina, que se ahorcó en 2006 en su celda”. 

La gran diferencia es que Babic pidió perdón por los crímenes contra la humanidad cometidos en Croacia, por los cuales le condenaron a 13 años de encierro. Praljak, por el contrario, mantuvo siempre su inocencia. Dijo que luchaba por su patria croata, primero contra los serbios con ayuda de los musulmanes bosnios.

 Luego, entre 1993 y 1995, contra estos últimos a los que “aplicaron la limpieza étnica para crear una Gran Croacia sin ellos”, según el pliego acusatorio del tribunal. “Sin embargo, también es verdad que no los atacó al modo de Radovan Karadzic, el exlíder político serbobosnio, o su jefe militar, el exgeneral Ratko Mladic [condenados a 40 años y cadena perpetua, respectivamente, por el genocidio de Srebrenica]. Creció con los musulmanes y tenía amigos en dicha comunidad, así que su idea era echarlos para que ocuparan un espacio fuera de los límites croatas”, siguen las mismas fuentes.

Su muerte ha sido uno de los sucesos más chocantes de la historia del tribunal. De momento, se sabe que los días anteriores al suicidio Praljak no quiso ver a su mujer e hijos. La Fiscalía presume que había planeado con cuidado quitarse la vida, y trata ahora de averiguar quién le proporcionó el veneno. Y dónde, porque solo hay dos posibilidades: en la cárcel o en el propio TPIY."                  (Isabel Ferrer, El País, 30/11/17)

8/1/18

Para el capitán Díaz Criado el sexo con las mujeres de los detenidos formaba parte del botín de guerra, y a menudo era una condición indispensable si éstas querían salvar las vidas de los prisioneros

"(...) Detrás de cada asesino era posible encontrar un asesino mayor. Detrás de Queipo de Llano es posible toparse con un individuo carente de moral: el capitán de Infantería Manuel Díaz Criado, militar africanista para quien la guerra supuso la oportunidad de disfrutar de un uso ilimitado del poder, y de aprovechar todos los beneficios, sociales, económicos, sexuales, que su nueva situación le permitía.

La historia sigue de este modo. El 25 de julio de 1936, una vez aplastada la resistencia en los barrios sevillanos, Queipo de Llano elige a Díaz Criado como delegado en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia, un cargo de carácter represivo cuya denominación sería Delegado Militar Gubernativo para Andalucía y Extremadura.

En el historial de Díaz Criado figuraban los años de servicio bajo el mando de Millán Astray en la década de 1920. También figuraba un intento de asesinato contra Manuel Azaña. El actor Edmundo Barbero, que se encontraba en 1936 rodando en Córdoba la película El genio alegre, lo describió con pocas palabras: “borracho” y “cruel”.

Como encargado de la represión, Queipo entregó a Díaz Criado poderes absolutos. Su mano derecha sería el encargado de la supervisión de las torturas y los interrogatorios de los prisioneros. 

De acuerdo con el libro de Paul Preston, “quienes tuvieron ocasión de observarlo de cerca, compartían la opinión de que era un canalla y un degenerado que se servía de su posición para saciar su sed de sangre, enriquecerse y satisfacer su apetito sexual”.

 Para este capitán de Infantería, el sexo con las mujeres de los detenidos formaba parte del botín de guerra, y a menudo era una condición indispensable si éstas querían salvar las vidas de los prisioneros.

En Un año con Queipo. Memorias de un nacionalista, Antonio Bahamonde ofrece una descripción bastante gráfica de la atmósfera, a medias macabra y a medias obscena, que se respiraba en las dependencias del lugarteniente del virrey:

“Díaz Criado no iba al despacho hasta las cuatro de la tarde, y esto raras veces. Su hora habitual eran las seis. En una hora, y a veces en menos tiempo, despachaba los expedientes; firmaba las sentencias de muerte –unas sesenta diarias– sin tomar declaración a los detenidos la mayoría de las veces. Para acallar su conciencia, o por lo que fuere, estaba siempre borracho. Era el cliente habitual de los establecimientos nocturnos.

 En Las Siete Puertas y en la Sacristía, se le veía rodeado de amigos aduladores, cantaores y bailaoras y mujeres tristes, en trance de parecer alegres. No admitía visitas; sólo las mujeres jóvenes eran recibidas en su despacho. Sé de casos de mujeres que salvaron a sus deudos sometiéndose a sus exigencias”.

La frivolidad con que operaba Díaz Criado (quien, a veces, después de pasar la noche bebiendo, se llevaba a sus amigos de fiesta y a las prostitutas que les acompañaban a presenciar los fusilamientos de primera hora del día) terminó inevitablemente por causar problemas. 

Aun así, Queipo toleró los excesos de Díaz Criado y no admitía ninguna queja contra él,  hasta que, a mediados de noviembre de 1936, el propio Franco se vio en la obligación de insistir en que debían destituirlo. La decisión provocó un nuevo encontronazo (otro más) entre el caudillo y el virrey.

Podría pensarse que la destitución de Díaz Criado pudo otorgar un respiro a los detenidos.  Pero una vez más, no ocurrió así.

“Una vez relegado del cargo, su sustitución por el comandante de la Guardia Civil Santiago Garrigós Bernabeu no aportó demasiado alivio a la aterrorizada población. En realidad, resultó fatal para quienes habían salvado la vida gracias a la sumisión sexual por parte de esposas, hermanas o hijas ante los caprichos eróticos de Manuel Díaz Criado. 

Los casos volvieron a revisarse, ‘y como era inmoral el procedimiento seguido, se fusiló a quienes antes se habían liberado’”. (...)"              (Miguel de Lucas, CTXT, 22/12/17)